••Narra Derek••
Sus grandes ojos azules me miraban, debatiendo entre la determinación y el miedo. Siempre impulsiva, siempre arriesgada.
Siempre me ha tenido miedo, por más que trate de disimularlo, y aún así, toma las decisiones que sabe que me pondrán en su contra.
Pudo actuar como los demás asustadizos en la sala y limitarse a gritar que lo soltara. Pero no, ella necesitaba enfrentarme, debía demostrar que no se dejaba ganar por el miedo. Por eso me sorprendió que se dejara intimidar por su antigua jefa. La Erika de hace diez años no hubiese aguantado la actitud de Katy, así como no aguantó la mía en aquel entonces.
Es como si su fortaleza fuese disminuyendo con los años. ¿Qué la habrá hecho cohibirse?
Hace diez años no hubiese podido obligarla a casarse conmigo. Con ese carácter salvaje los más probable es que me apuñalara sin importarle ir a la cárcel. Me limité a seguirla de vez en cuando a través de un investigador privado. Y cuando no pude contenerme más; cansado de estar entre las sombras, decidí echar mano en la compañía de Fernando.
Mi plan era quedarme con la compañía y convertirla en mi asistente personal, para fastidiarla. Sin embargo, cuando nos vimos en la entrada de la compañía… al estar tan cerca, escucharla hablar con superioridad, sabía que no me bastaba con simplemente tenerla de asistente. Necesitaba más, quería más.
Y después, al darme cuenta del trato que recibía dentro de esa compañía, me molesté. Quería destruirlos, quitarles todo a Katy y su tío. Y al mismo tiempo, quería aprovecharme de la situación. Erika estaba en un estado vulnerable y su carácter era una imitación de su “yo” pasado. Era mi oportunidad de atraparla, que cayera en mis redes.
Dejé de divagar entre los recuerdos del pasado.
―No hagas una idiotez en frente de tantos ojos ―dijo con cansancio.
¿Era preocupación lo que notaba en su voz?
Menee la cabeza. No podía permitirme emocionarme, no cuando se trataba de ella.
Solté la corbata del traidor; se desplomó en el suelo y no dudaron en socorrerlo. El arranque de irá fue disminuyendo, ya no sentía la necesidad de golpearlo, ni el placer de hacerlo.
―Página diez, cláusula siete: Los sucesos, información, conversaciones, discusiones o acciones que ocurran dentro de la sala de juntas de la sede de Fisher’s Union, no será compartido ni divulgado por ningún motivo. De ser incumplida esta clausula se deberá pagar una multa de seis cifras que dispondrá la parte afectada ―cité con aburrimiento, posando mis ojos en cada uno de los presentes.
Noté como el espíritu luchador de los ejecutivos se fue apagando. Si me ponía a pensarlo, lo más probable es que fuesen ellos quienes iniciaron el rumor de “monstruo bancario”. No trataba mal a mis empleados, excepto a ellos.
Volteé a ver a Erika, asegurándome primero de mantener un gesto severo e implacable. Al encontrarme con sus ojos azules, agradecí preparar mi expresión de antemano. De otro modo, me hubiese derretido ante la intensidad de su mirada.
―¿Feliz? ―hablé con fingida indiferencia.
―No.
Tan franca como siempre.
Omitiendo su negativa, usé una aplicación de desbloqueo para acceder al celular de Luigi. Fue fácil encontrar los mensajes, lo interesante es que el contacto no estaba guardado bajo un nombre, era una simple letra. La “S”.
Llamé al número y bastó tres simples segundos para que un celular comenzara a sonar. No tuve que caminar en busca del timbre de llamada, estaba a mí lado.
―Vaya, yo juraba que Richard era el ayudante del soplón. No me esperaba eso de ti, Stich ―Me dirigí a mi asistente personal. No podría decir que me dolió su traición, el joven llevaba menos de un mes en la empresa―. ¿Por qué no contestas? Podría ser tu madre.
Mantuve el celular en mi oreja, viendo cómo luchaba contra la presión.
No estaba apegado aquel muchacho. Su traición no me hizo más que cosquillas. Mis asistentes jamás duraban y cedían ante la presión. Muchos se asustaban como nenas al ver cómo trataba a los deudores. Aprendí a verlos como seres pasajeros.
El celular dejó de sonar al tiempo que me mandaban al buzón.
―Mi nombre es Stuart ―habló mi asistente, desafiándome visualmente.
―Tu nombre es: despedido ―dije con humor―. Sal de aquí, basura.
―Usted no me dirá cuando salgo, yo saldré cuando yo quiera ―gritó.
El gato comenzó a mostrar sus garras.
―Tienes dos opciones. Uno; sales por esa puerta con la poca dignidad que te queda. Dos; te dejo la cara como la de Luigi.
Los segundos pasaron y su ataque visual se debilitó. Resopló, saliendo de la sala, maldiciendo y azotando la puerta.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...