••Narra Derek••
No podía dejar las manos quietas, las movía constantemente una contra la otra, o sobando mis sienes. Trataba de lucir pacífico, indolente, pero la rabia burbujeaba en mis venas.
No podía estar cinco segundos de paz sin imaginarme a Erika con mi dinero escondido detrás de su espalda. ¿Por qué tenía que traicionarme?
No esperaba que me amara, pero pensé que habíamos conseguido un avance, que me estaba viendo con otros ojos. Al final, terminó siendo igual de codiciosa que mis padres, prefiriendo el dinero antes que a mí. Bueno, al menos ella no planeó mi muerte, hasta donde estoy al tanto.
¿Por qué tenía que ser Erika? Me lo esperaba de cualquiera menos de ella. Le estaba dando todo, consintiendo como nunca y aún así, no fue suficiente.
Me mintió a la cara, me robó. Recuerdo haber visto rojo, quería lastimarla, humillarla, hacerla sufrir, que llorara. Perdí el control. Al verla, recordaba lo que hicieron mis padres.
Ese era mi problema. Cada vez que alguien me traicionaba, no podía dejar de pensar en el día que casi morí. Necesitaba desquitarme con esa persona, hacerla sufrir como sufría yo.
Humillé a Erika, la lastimé y la hice llorar; tal y como yo quería. Y aún así, no logré sentirme mejor. Pensé que me causaría satisfacción como con los demás traidores, pero no fue así.
Carla tenía razón, me arrepentía. Pero ella tenía que arrepentirse. Si no podía castigarla por placer, lo haría para que aprendiera la lección. No podía actuar como si nada y fingir que eso nunca pasó. Ella tenía que entender que lo que hizo era imperdonable.
―¿Tengo que repetirlo? ―Gruñí.
Mantuve mi mirada fija en el centro de la mesa. No podía vacilar perdiéndome en sus grandes ojos azules. Quería verla, evaluar su estado, pero no quería que se diera cuenta de mi preocupación. Por eso le ordené ir por el celular de Luigi. Era mi manera de observarla sin hacerlo notorio.
Caminó con lentitud. El resto de los presentes siguió su rastro, no se iban a perder de vista este momento. Por su forma de caminar, podría asegurar que le duelen las nalgas. El roce con la tela debe ser fastidioso. Además, se tambaleaba disimuladamente.
Llegó ante Luigi, que se negaba a mirarla y mucho menos a darle el celular. Desde este ángulo, podía apreciar el rostro de Erika. Sus ojos estaban rojos e hinchados, sus labios resecos, su piel pálida y enfermiza, y poseía una expresión de cansancio. Parpadeaba con pesadez.
Diría que falta poco para que se desplome. Erika se estresa con facilidad y su cuerpo no lo resiste.
―Entrega tu celular ―Le ordené.
―No puedes invadir mi privacidad ni obligarme a despojarme de mis objetos personales ―habló con enfado.
―Te di una tarea sencilla, ¿no eres capaz de realizarla? ―hablé con impaciencia, sin mirarla a los ojos.
Los segundos pasaron y me atreví a verla de reojo. Capté el momento exacto en que metió su mano en la chaqueta de Luigi y sacó el celular, aprovechando que el traidor estaba distraído.
Corrió en mi dirección, dejando el celular frente a mí. Se posicionó detrás de la silla, en guardia. Luigi se levantó, rabiado.
―¡No pueden hacer eso!
El imbécil hablaba, hablaba y hablaba. No me importaba. Mi mente no paraba de revivir el momento en que Erika me robó, como ocultó el dinero en sus manos y la expresión de horror al ser descubierta, la forma en que me mintió descaradamente, su boca se movió con tanta facilidad.
La voz de Luigi era como un eco siendo opacado por el sonido del viento, arrastrando las palabras. Su boca se movía, mas no entendía lo que decía. Solo podía pensar en Erika traicionándome y mis padres planeando mi asesinato.
La sangre me hervía. No estaba pensando en el momento que le metí un puñetazo en la nariz al anciano, pero tampoco me arrepentí. Se sintió bien, se lo merecía.
Lo agarré de la corbata para que no escapara ni se cayera. No había tenido suficiente. Le asesté un golpe en la mejilla derecha. Se desató el infierno.
Los presentes gritaban, algunos se alejaban y otros se levantaban de su asiento. Pude escuchar la voz de Erika mezclada con el resto.
Fueron una, dos, dos, tres veces. Su rostro empezaba a deformarse, la sangre bañaba su cara y manchaba mis nudillos.
No sentía dolor por mis nudillos ni compasión por su rostro lastimado.
Luigi ya no reaccionaba, se mantenía en pie gracias a que lo sujetaba de la corbata.
Sentí un golpe en las costillas, no fue la gran cosa, como un cosquilleo. Pero tuvo toda la intención de lastimarme, más no lo consiguió. Sin embargo, logró llamar mi atención.
Y ahí estaba, a mi lado, con los puños en alto; Erika Stone. Atreviéndose hacer lo que ningún otro hombre en esta sala: golpearme y detenerme. Sentí un déjà vu. Como si se estuviese reviviendo el día en que nos conocimos. Ya han pasado diez años.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...