El día pasó lento, estaba distraída. Confundía la cantidad de copias que debía sacar en la impresora, no prestaba atención a lo que decía mi supervisora, le eché sal a mi café y tuve que enviar los correos electrónicos tres veces porque me equivocaba colocando los remitentes.
Veía la hora cada minuto, rogando por salir del trabajo y hablar con Derek. Necesitábamos tener una conversación honesta.
A las cinco y veintinueve ya estaba despidiéndome del equipo. Caminé con rapidez por las calles. Estaba acostumbrada a ir y venir del trabajo a pie. Creo que la única dificultad es la distancia. La mansión está a cuarenta minutos a pie.
La señora Carla me entregó una hojita con la combinación de las puertas de la mansión antes de salir de la casa. La usé y avancé hasta la puerta principal. No me dio tiempo de poner la combinación de la puerta principal cuando esta se abrió.
―¿Por qué carajos te vas caminando? ―Atacó sin darme tiempo a reaccionar.
Los ojos de Derek me perforaban con rabia.
―No tengo problemas con caminar.
―¿Qué, no es suficiente el dinero que me robaste para pagarte un taxi o tienes planeado usarlo para otra cuestión?
―No voy a usar ese dinero para nada. Es tuyo ―hablé con convicción.
―Y por eso has decidido ir y venir caminando al trabajo. Se te olvidó que la última vez te intentaron robar.
Mi corazón dio un vuelco ante su preocupación. Las esperanzas retumbaban en mi estómago.
Se percató de mi mirada y negó con la cabeza.
―Y no creas que tu muestra de rebeldía al decidir caminar en lugar de usar un taxi logrará convencerme de volver a ponerte el chófer ―dijo, reacio.
Se apartó de la puerta, dando media vuelta y permitiéndome el paso. Fui tras de él.
―No es una muestra de rebeldía, es redención. Quería disculparme por lo que te hice, por robarte ―Parecía que estuviese hablando con una pared. No me escuchaba, no se detenía. Seguía avanzando al interior de la casa y yo persiguiéndolo como una tonta―, por romper tu confianza en mí, por tomar lo que no es mío.
Se volteó en seco, enfrenándome. Casi choqué contra su pecho.
―¡Por traicionarme! ―explotó.
Los segundos pasaron y nadie dijo nada. Solo nos quedamos mirando. Sus ojos acentuaban su ira.
Me comí las palabras ante su dolor.
¿Debería besarlo? ¿Abrazarlo? ¿Darle una bofetada?
Tragué saliva. Di un paso adelante. Pude sentir su aliento, mis labios estaban a milímetros de los suyos y pese a sus ojos iracundos no buscó apartarme.
―Así que ella te traicionó a ti también ―dijo una voz que reconocí muy bien.
Nunca podría olvidarme de ese sonido fastidioso, parecido a un silbido insistente. Crecí escuchándolo.
Giré mi cabeza en dirección al comedor. Allí estaba, mi madre, junto a mi padre. Crecí en un ambiente humilde, pero eso no impedía que mis progenitores lucieran regios, impecables y elegantes.
Mi padre era un conserje, mi madre limpiaba casas, y eso no les impedía vestir prendas finas y joyas costosas. Si sus trabajos no les permitían comprarse los accesorios que querían, robar siempre era una opción. Eran unos expertos en la materia.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...