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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 63

―No necesitas refutar. Diga lo que digas, sé que debo andar con pies de plomo a tu alrededor. Tú jamás perdonas a un traidor ―dije, decidida.

Siempre respeté el pensar de Derek e hice lo posible por buscar su perdón, ya que reconocía mi propio error. Pero era muy ingenua. Él jamás me perdonaría. La clase de gente como él y el señor Martín (prestamistas), no conocían la consideración.

Lo único que me quedaba era aceptar las condiciones y andar con cuidado para evitar ser demandada.

Quiso hablar, pero me estaba levantando antes que dijera cualquier otra cosa. Fue hacía mí y me ayudó a salir de la bañera.

Las mejillas me ardían de la vergüenza. Me estaba viendo en todo su esplendor.

Me cubrió el cuerpo con una toalla y me puso otra sobre la cabeza, restregándola. Mantuve la mano sana sujetando la toalla de mi cuerpo.

Me condujo al vestidor. Me quitó la toalla y me puso un vestido sencillo de tirantes. Me colocó unas sandalias de broche y de último, el cabestrillo que presionaba el yeso contra mi pecho. Prosiguió a vestirse con unos jeans y una camisa blanca.

Me quedé parada, esperando. Pero al parecer no se iba a percatar nunca. De espalda, se echó perfume.

―¿No me vas a poner ropa interior? ―solté de una.

Se volteó. Miró la zona como si su vista pudiese traspasar la ropa.

―Vas a estar todo el día en la habitación. No pensé que fuese necesario.

―Es raro estar todo el día sin ropa interior ―Me removí, incómoda.

Sin contar que estaría expuesta todo el día, frente a él.

Un cosquilleo satisfactorio invadió mi vientre.

Fue a uno de los cajones, tomó unas bragas blancas y se acuclilló a mis pies. Levanté una pierna por instinto y luego la otra, permitiendo el paso de las bragas.

Subió la tela por mis piernas, causándome escalofríos. El vestido se levantó por encima de mis caderas. Terminó de colocar la ropa interior.

Lo vi desde arriba. Su cabeza desapareció debajo del vestido. Besó mi zona sensible, por encima de la tela. Di un pequeño salto, causando que una de sus manos fuesen a mis nalgas, deteniéndome en mi lugar. Con su otra mano, movió el pliegue de la tela.

Su lengua recorrió mi hendidura. Gemí al instante. Un torrente de placer deshizo mis defensas al ser atacada por aquella experimentada lengua. Lamía, chupaba y besaba con esmero.

―Creo que es mejor que pases el día sin esto ―Exhaló contra mi vulva.

Bajó la braga y me obligó a sentarme en el diván con las piernas abiertas.

―Dime si te molesta el brazo ―Besó la cara interna de mi muslo.

Me permití gemir con voluntad, sintiendo el deseo desesperado de la boca de Derek contra mi clítoris. Mi vientre hormigueaba. No sé cuánto tiempo su cabeza estuvo entre mis piernas, pero deseaba que fuese para siempre.

En un momento de éxtasis, desatado, me dejé caer con fuerza en el diván, golpeando la espalda contra el acolchado. Mi brazo vibró en respuesta.

―¡Auch! ―Solté un alarido.

No me traía confianza salir, no cuando Martín podría estar en cualquier esquina, esperándome.

―Tal vez deberíamos posponer la cita ―supliqué.

―¿Piensas que te vas a encontrar con esos bastardos? ―susurró a mi oído―. Con más razón tenemos que salir. Si nos topamos con ellos, matarlos se me hará más fácil.

―Ruega porque esa gente no descubra dónde estamos ―dije al final.

La visita al médico tardó más de lo pensado. Y esto de estar removiendo el yeso fue un verdadero fastidio. Y pensar que deben hacerlo para verificar los puntos de la cirugía. Por suerte, todo bien.

―Oh, casi se me olvidaba ―dijo el doctor, sacando un sobre de su bata blanca―. Me dejaron esto esta mañana. El señor me dijo que era para usted, señora Erika.

Agarré el sobre, fijándome en el nombre en cursiva en todo el frente del sobre.

Aparté los dedos como si me quemara. Mis ojos fueron a todos lados en el consultorio.

Él sabía quién era mi doctor, donde me atendían, cuando. Siempre es lo mismo.

Derek recogió el sobre del piso.

―Señor Martín ―dijo con escepticismo―.¿Este es el nombre del hombre que te lastimó?

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