No me gustó nada tener que ir al estacionamiento principal. Y a Derek no le gustó mi idea de cubrirse la cabeza con el abrigo.
No esperó a que entráramos a la casa, una vez que estacionó, me atacó con la pregunta.
―¿Quién es Martin y cuál es su nombre de pila?
―Al menos espera a que estemos dentro de la casa ―dije, abriendo la puerta del coche.
Estaba tratando de darle largas a la conversación. Pero no veía como me iba a escapar de esta.
No podía evitar pensar en Derek si le contaba la verdad. ¿Qué opinaría de mí? ¿Su versión amable y atenta se desvanecería cuando se dé cuenta que soy una escoria? ¿Se aprovechará de la situación para manipularme?
Yo quería creer en él. Pero no podía dejarme cegar tan fácilmente. Hace unos días juró convertirme en una esclava, y hace unas semanas me obligó a casarme con él con un contrato restrictivo. No es una blanca paloma. Aunque yo tampoco.
Él salió del auto, perforándome con la mirada.
Me siguió en silencio por la casa. Saludé a Carla y tuve la urgente necesidad de entablar una conversación de diez horas con ella para evitar enfrentar a Derek, pero sé que no daría resultado.
Me acerqué a la oreja de Carla mientras la abrazaba.
―Mantente cerca de la puerta de nuestra habitación con una charola con aperitivos. Cuándo escuches los gritos de Derek, entra en la habitación y dale un buen regaño.
La miré para asegurarme que entendió.
La mujer de tercera edad me ofreció una sonrisa traviesa.
―Me encanta que seas tan inteligente a la hora de tratar con el pequeño D ―susurró con malicia.
Le devolví la sonrisa, aunque la mía estaba llena de nerviosismo.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...