El plan de Abril se puso en marcha con una sutileza quirúrgica.
No hubo una confrontación directa. No hubo una amenaza. Solo un susurro. Un susurro plantado en el lugar correcto, en el momento preciso.
Utilizando un canal anónimo y seguro, un servicio de mensajería encriptada proporcionado por el formidable equipo de seguridad del Sr. Ortiz, Abril envió una nota. El destinatario era un influyente periodista financiero, un hombre conocido por su olfato para las debilidades corporativas y su pluma venenosa.
La nota era breve, apenas un par de líneas. No contenía pruebas, solo una sugerencia, una semilla de duda.
"Fuente interna revela: Comité secreto del MUNAM tiene 'serias dudas' sobre la originalidad de la propuesta conceptual de Ferrer Arquitectos. Se habla de 'similitudes preocupantes' con proyectos europeos. La firma rival de Monterrey, con una propuesta más audaz, gana terreno en las deliberaciones finales".
Era una obra maestra de la desinformación. Lo suficientemente vaga para ser indemostrable, pero lo suficientemente específica para ser creíble.
Al día siguiente, el veneno comenzó a extenderse.
No fue una noticia de primera plana. Fue algo mucho más efectivo: un pequeño pero letal artículo en la sección de negocios de un importante periódico financiero. El titular era discreto: "Dudas en la recta final del concurso MUNAM".
El artículo no hacía ninguna acusación directa. Simplemente citaba a "fuentes cercanas al comité" que expresaban "preocupación por la falta de innovación" en algunas de las propuestas finalistas. Mencionaba de pasada el "ascenso inesperado" del despacho de Monterrey.
Pero para el círculo cerrado de la arquitectura y las finanzas, el mensaje era claro. La victoria de Simón Ferrer ya no era una certeza.


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