Las semanas que siguieron a la gala de arquitectura se desarrollaron en un silencio gélido.
La mansión Ferrer se había convertido en un campo de batalla sin disparos. Un territorio ocupado por dos ejércitos que se negaban a parlamentar. La tensión era una capa de hielo sobre cada superficie, un silencio espeso que ninguna conversación trivial podía romper.
Simón estaba desesperado por hablar. La amenaza velada de Abril lo había dejado en un estado de pánico constante. "¿Qué sabes?", quería gritarle. "¿Qué vas a hacer?". Pero cada intento de acercarse a ella chocaba contra un muro de eficiencia y cortesía.
—Simón, lo siento, tengo una reunión con un cliente.
—Ahora no puedo, estoy en una llamada con Dubái.
—Quizás más tarde, tengo que ir a supervisar la boutique.
Su agenda, antes vacía, ahora estaba repleta. Y él no figuraba en ella.
Una mañana, Abril se reunió con Elías Ortiz en su imponente oficina en lo alto de la Torre Mayor. El sol entraba a raudales por los ventanales, ofreciendo una vista panorámica de la ciudad que se extendía a sus pies como un tablero de juego.
El Sr. Ortiz no perdió el tiempo con cumplidos. Fue directo al grano, como siempre.
—Hay un nuevo concurso en el horizonte —dijo, sus dedos tamborileando sobre un grueso expediente en su escritorio—. El más importante del año, quizás de la década. El diseño del nuevo Museo Nacional de Arte Moderno. El MUNAM.
Abril escuchó, su expresión serena.
—Ferrer Arquitectos es uno de los tres finalistas —continuó Ortiz, observándola fijamente—. Los otros dos son buenos, pero Simón tiene la ventaja. Se juega su legado en esto, Abril. Ganar este proyecto no solo le daría el contrato más lucrativo de su historia. Lo consagraría. Lo convertiría en una leyenda.
Abril asintió lentamente.


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