La victoria, aunque fabricada, era un narcótico potente.
Valentina, creyéndose la heroína anónima detrás del renovado vigor de Simón, comenzó a moverse por las oficinas de "Ferrer Arquitectos" con la autoridad de una reina consorte. Su discreción anterior se evaporó, reemplazada por una audacia que rozaba la insolencia.
Llegaba por las mañanas sin anunciarse, con un café en una mano y su teléfono en la otra, y se dirigía directamente a la oficina de Simón como si fuera la suya.
La asistente personal de Simón, una mujer mayor y eficiente llamada Inés que había estado con él desde sus inicios, fue la primera en sentir el cambio.
—Buenos días, señorita Salazar. El arquitecto Ferrer está en una llamada —dijo Inés una mañana, levantándose de su escritorio.
Valentina ni siquiera la miró. —No te preocupes, Inés. Puedo esperar dentro.
Pasó junto a ella, abriendo la puerta de la oficina de Simón sin dudarlo. Inés se quedó de pie, con los labios apretados en una fina línea de desaprobación.
Dentro de la firma, el ambiente comenzó a enrarecerse. Valentina se inmiscuía en las reuniones de diseño, ofreciendo opiniones no solicitadas con la confianza de un experto.
—Esa paleta de colores es un poco... aburrida, ¿no creen? —comentó una vez, interrumpiendo a un joven arquitecto que presentaba una propuesta—. El MUNAM necesita algo con más drama. Piensen en Milán.
Los arquitectos, profesionales leales a Simón pero con un ego propio, intercambiaban miradas de irritación por encima de la mesa. Soportaban su presencia por respeto a su jefe, pero el resentimiento comenzaba a fermentar bajo la superficie.
Ella no lo notaba. Estaba demasiado ocupada reorganizando la agenda de Simón, cancelando reuniones que consideraba "pérdidas de tiempo" y tratando al personal con un desdén apenas disimulado.


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