Simón se sentía como si estuviera flotando.
El calor de los focos del escenario, el rugido de los aplausos, el peso del trofeo de cristal en sus manos… todo se sentía surrealista. Se aferró al podio, bebiendo de la adoración de la multitud. A su lado, Valentina brillaba, su mano posesivamente en su espalda, su sonrisa era un faro de triunfo.
Aclaró la garganta, acercándose al micrófono.
—Gracias —comenzó, su voz resonando con una emoción genuina—. Gracias al distinguido jurado, a mi increíble equipo, cuya pasión y talento hacen posible lo imposible…
Sus palabras fluían, pulidas y ensayadas. Pero mientras hablaba, sus ojos buscaron a Abril. La encontró sentada, una estatua de calma en la segunda fila. La victoria se sentía hueca sin su aprobación.
Justo cuando estaba a punto de continuar, el presidente del jurado, que se había quedado a un lado del escenario, dio un paso adelante y le tocó suavemente el brazo.
Simón se detuvo, sorprendido por la interrupción.
—Simón, mis más sinceras felicidades una vez más —dijo el presidente, su voz era amable pero firme a través del micrófono—. Un logro monumental.
El público aplaudió de nuevo, más suavemente esta vez.
—Pero antes de continuar con las celebraciones —continuó el presidente, su tono volviéndose más serio—, el comité del premio tiene una breve presentación especial que nos gustaría compartir con todos ustedes.
Simón frunció el ceño, confundido. Miró a Valentina, quien se encogió de hombros con una sonrisa perpleja. ¿Un homenaje sorpresa? Su ego se infló. Probablemente un montaje de sus obras anteriores, una celebración de su carrera.
—Una presentación —dijo el presidente, su mirada barriendo el auditorio— que habla sobre un pilar fundamental de nuestra profesión. Una que habla sobre la integridad y la verdad en el arte de la arquitectura.



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