No apareció ninguna imagen de un edificio. Ningún plano arquitectónico.
La primera imagen que llenó las pantallas fue la de una mesa en un café discreto, filmada desde un ángulo bajo y oculto. Y luego, el sonido.
La voz de Valentina, amplificada hasta llenar cada rincón del Palacio de Bellas Artes, clara y nítida.
"El precio no es problema. Solo asegúrate de que no te rastreen hasta mí."
Un murmullo de confusión recorrió el auditorio. En el escenario, Valentina se congeló. El color desapareció de su rostro tan rápidamente como si le hubieran abierto una vena.
Simón se giró para mirarla, con el ceño fruncido. —¿Qué es esto?
Ella no respondió. No podía. Estaba paralizada, sus ojos fijos en la pantalla, su sonrisa de victoria ahora una mueca de horror.
La escena en la pantalla cambió. Ahora mostraba la interfaz de una computadora, una grabación de pantalla en tiempo real. Un cursor moviéndose sigilosamente a través de carpetas, abriendo archivos encriptados con los logos de "Arquitectura Regia". El robo digital, el espionaje industrial, proyectado para que lo viera toda la élite del país.
El murmullo del público creció, la confusión se transformaba en shock. La gente se inclinaba hacia adelante en sus asientos, susurrando.
La cara de Simón pasó de la incredulidad al horror puro. Su mente luchaba por procesar lo que veía, por negar la evidencia de sus propios ojos. Miró a Valentina, buscando una explicación, una negación. Pero su rostro pálido como el mármol, sus ojos desorbitados por el terror, eran una confesión en sí mismos.
Y entonces, el video asestó la estocada final. La pantalla se dividió.



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