La luz de la mañana se filtraba a través de los altos pinos de Valle de Bravo, pintando rayas doradas sobre el suelo de madera de la lujosa casa de campo. Afuera, el aire era puro y olía a tierra húmeda y a resina. Adentro, olía a desastre.
Valentina estaba acurrucada en un rincón de un enorme sofá de lino blanco. Llevaba la misma ropa del día anterior, ahora arrugada y manchada de rímel. Su mirada estaba perdida, fija en un punto invisible en la pared de piedra. No había hablado desde que salieron de la ciudad en la madrugada, envueltos en el escándalo. Era una muñeca rota, su brillante fachada hecha añicos.
Simón no la miraba.
Estaba de pie junto al ventanal, de espaldas a ella, contemplando el lago con una furia que hacía que el paisaje pacífico pareciera una burla. El trofeo del premio revocado estaba en la cajuela de su coche, un bulto pesado y vergonzoso. Los titulares de los periódicos que había visto en su teléfono esa mañana ardían detrás de sus párpados. "Escándalo MUNAM". "Fraude en la Arquitectura". Su nombre y el de Valentina, arrastrados por el lodo.
Pero su ira, un torrente de lava hirviente, no se dirigía a la mujer catatónica en su sofá. Su mente, en un acto de autoprotección orgullosa, se negaba a procesar la traición de Valentina. Era más fácil, mucho más fácil, culpar a la arquitecta de su miseria.
—¡Mira lo que ha hecho!
Su voz fue un estallido violento en el silencio de la cabaña. Valentina dio un respingo, pero no lo miró.
—¡Nos ha destruido! —continuó Simón, girándose para caminar de un lado a otro como un animal enjaulado—. ¿No le bastaba con su estúpida tiendita de perfumes? ¿No le bastaba con humillarme en cada evento social?
Se detuvo y la señaló con un dedo acusador, aunque su verdadera acusación era para una mujer que no estaba allí.


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