El silencio duró exactamente cuatro segundos.
Luego se rompió. No con un aplauso, sino con un murmullo colectivo, un jadeo que se extendió por el auditorio como una onda expansiva. El murmullo se convirtió en un rugido de voces conmocionadas.
Y entonces, la tormenta de flashes.
Los fotógrafos, que se habían quedado helados, despertaron de su estupor y desataron un bombardeo de luz sobre el escenario. Cada flash era una bala blanca, acribillando los rostros aterrorizados de Simón y Valentina.
El presidente del jurado, con una expresión de gravedad implacable, se acercó de nuevo al micrófono. Su voz retumbó sobre el creciente caos.
—A la luz de esta… nueva y perturbadora evidencia —dijo, cada palabra era un martillazo—, el comité del jurado ha tomado la decisión unánime de revocar el premio otorgado a Ferrer Arquitectos.
Otro jadeo colectivo recorrió la sala.
—Se abrirá una investigación completa e inmediata sobre este asunto. La integridad de este premio y de nuestra profesión es primordial.
Fue en ese momento que Valentina, con los ojos vidriosos y la boca abierta en un grito silencioso, se derrumbó. Sus rodillas cedieron y cayó al suelo del escenario en un montón de seda roja. Un desmayo teatral y patético.
Simón, humillado, se arrodilló instintivamente para ayudarla, pero ya era demasiado tarde. La presa de la prensa se había roto. Los periodistas invadieron el escenario, rodeándolos, gritando preguntas como una jauría de lobos.
—¡Arquitecto Ferrer! ¿Sabía usted del espionaje?
—¡Valentina! ¿Es cierto que filtró los planos hace cinco años?



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