El lugar de la cita era un bar antiguo en la colonia San Rafael, un vestigio de otra época llamado "La Peninsular". No era el tipo de lugar que Simón frecuentaba. No había mixólogos con mandiles de cuero ni música lounge. El aire estaba impregnado del olor a madera vieja, a cerveza de barril y a décadas de conversaciones en voz baja.
La luz era tenue, dorada, y el silencio solo era roto por el suave murmullo de los pocos clientes habituales y el zumbido de un ventilador de techo.
Simón entró, sintiéndose fuera de lugar en su traje de diseñador. Sus ojos tardaron un momento en ajustarse a la penumbra.
Ramiro Vargas ya estaba allí.
Estaba sentado en una mesa en la esquina más alejada, de espaldas a la pared, como un hombre que siempre necesita ver quién entra por la puerta. No parecía un arquitecto caído en desgracia. Parecía un hombre que había hecho las paces con su destino.
Se veía más viejo, sí. Había más plata en su cabello y más líneas alrededor de sus ojos. Pero esos ojos, cuando se levantaron para encontrarse con los de Simón, eran claros y firmes. La mirada cansada y derrotada que Simón recordaba había desaparecido.
Simón se acercó a la mesa. La madera estaba oscura y marcada con los círculos de innumerables vasos. No hubo saludos cordiales. No hubo apretones de manos. La tensión entre ellos era una presencia física, tan palpable como la humedad del aire.
Simón se sentó. Un mesero se acercó, y Simón pidió un whisky, doble. Vargas ya tenía un vaso de agua mineral frente a él.
El silencio se alargó. Simón lo rompió, su voz era áspera, impaciente.
—Estoy aquí. Me dijiste que tenías algo que decir sobre mi 'deuda'. Habla.
Esperaba un discurso sobre la injusticia, una petición de dinero, una amenaza velada. Estaba preparado para la hostilidad.



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