En su modesta oficina en Coyoacán, Ramiro Vargas dobló el periódico y lo dejó sobre una pila de planos de remodelación.
Había leído cada palabra del artículo sobre el escándalo MUNAM. Había visto las fotos de una Valentina demacrada y de un Simón humillado. Luego, esa mañana, había leído la noticia de la demanda de divorcio y la asombrosa reclamación financiera.
Una parte de él, la parte que había estado amargada durante cinco largos años, sintió una oleada de satisfacción sombría. La justicia, aunque tardía, parecía estar finalmente llegando.
Pero mientras más lo pensaba, más sentía una sensación de inquietud.
Vio la narrativa que se estaba formando: la esposa vengativa que destruye al marido infiel y a su amante. Era una historia potente, pero estaba incompleta.
Porque sabía algo que nadie más parecía saber. Sabía la verdad detrás del sacrificio de Abril. La verdadera razón por la que se había casado con Simón en primer lugar.
Se dio cuenta de que Simón, en su arrogancia y furia, todavía se veía a sí mismo como la víctima de la crueldad de Abril. No entendía la profundidad de su propia traición. No comprendía la verdadera naturaleza de la deuda que tenía con ella. Una deuda que no tenía nada que ver con el dinero.
Vargas se levantó y caminó hacia la ventana, mirando los jacarandás en flor en la calle.
Durante cinco años, había guardado silencio, atado por un acuerdo de confidencialidad y por el miedo a la ruina total. Pero Abril había roto sus propias cadenas. Le había ofrecido una oportunidad no solo de justicia, sino de redención. Y él le debía, al menos, la verdad completa.
Tomó una decisión. El miedo se había ido, reemplazado por una tranquila resolución. Simón Ferrer necesitaba escuchar la historia completa. De su boca.
Regresó a su escritorio, tomó el teléfono y marcó el número principal de Ferrer Arquitectos. No pidió hablar con Simón directamente. Sabía que sería rechazado. Pidió hablar con su asistente personal, Inés. La recordaba como una mujer joven, eficiente y leal.
—Inés, habla Ramiro Vargas.
Hubo un silencio sorprendido al otro lado de la línea. —¿Señor Vargas?

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