Simón salió del bar y se encontró con la noche. El aire, que antes le pareció simplemente fresco, ahora se sentía gélido, un sudario helado que se adhería a su piel.
Se encontraba en un estado de shock tan profundo que el mundo a su alrededor había perdido sus contornos definidos. Las luces de los coches eran estelas borrosas, el sonido de la ciudad un murmullo sordo y lejano, como si estuviera escuchando todo desde el fondo del océano.
Comenzó a caminar, no con un propósito, sino impulsado por una energía febril, una necesidad desesperada de moverse para que la verdad no lo alcanzara, no lo aplastara allí mismo, en medio de la acera.
Pero la verdad no necesitaba alcanzarlo. Ya estaba dentro de él, un veneno que corría por sus venas, reconfigurando su pasado, aniquilando su presente.
Los recuerdos lo asaltaban en oleadas violentas, cada uno de ellos teñido ahora con un nuevo y siniestro significado.
Vio a su padre, en el estudio de la hacienda, con un vaso de coñac en la mano, instándolo a "hacer lo correcto" después del accidente. La gravedad en su voz, que Simón había interpretado como una carga moral, ahora sonaba a la fría satisfacción de un estratega que mueve una pieza clave. "Es tu deber, Simón. Un Ferrer siempre asume sus responsabilidades". No era deber. Era una transacción.
Recordó la extraña rapidez con la que se aprobó su matrimonio. Los abogados de la familia, que normalmente tardaban meses en redactar un contrato, prepararon el acuerdo prenupcial en cuestión de días. Su madre, que siempre había sido crítica con sus parejas, aceptó a Abril con una resignación casi teatral. "Es una chica... sencilla. Pero si esto te estabiliza, hijo...". No buscaban su estabilidad. Buscaban su contención.
Y el silencio. El aplastante y conspirador silencio. Recordó cómo el tema de Valentina, antes el centro de cada discusión, se evaporó de las conversaciones familiares. Fue convenientemente olvidado, borrado del léxico de los Ferrer, como si nunca hubiera existido. No era discreción. Era un encubrimiento.
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