El shock se solidificó en una furia helada. La parálisis dio paso a un propósito único y violento.
Ya no caminaba sin rumbo. Cada paso tenía un destino.
Llegó a su coche, aparcado a varias calles del bar. Lo abrió con manos temblorosas, no de debilidad, sino de una rabia contenida que hacía vibrar cada fibra de su ser.
Arrancó el motor, el rugido del V8 llenando el silencio de la noche.
Condujo como un autómata, sus manos aferradas al volante con una fuerza desmedida. No vio los semáforos, no notó el tráfico. Su mente solo veía un rostro: el de su padre.
Las luces de la ciudad pasaban como destellos borrosos mientras se dirigía al sur, hacia la fortaleza de su familia en el Pedregal. La hacienda, una imponente construcción de piedra volcánica y cristal, siempre le había parecido un símbolo de poder y legado. Ahora, le parecía una tumba amurallada, el mausoleo donde se enterraban las verdades incómodas.
No se anunció en la caseta de seguridad. Pasó de largo, ignorando los gritos del guardia. Estacionó el coche de cualquier manera frente a la entrada principal, las llantas chirriando sobre la grava.
Entró en la casa sin hacer ruido. Las luces del gran comedor estaban encendidas, y de allí provenía el murmullo de una conversación civilizada.
Se detuvo en el umbral, una aparición surgida de la noche.
Su padre, Don Alejandro Ferrer, estaba sentado a la cabecera de la larga mesa de caoba, entreteniendo a dos hombres de aspecto importante. Reían ante una de sus anécdotas, con copas de vino tinto en la mano. La escena era un cuadro de opulencia y control.
La apariencia de Simón rompió el hechizo.


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