Dentro del invernadero, bajo el techo de cristal que reflejaba las estrellas, Abril se permitió un momento de triunfo.
No fue una explosión de alegría, sino una profunda y silenciosa satisfacción que se asentó en su alma. Se sentó en su banco de trabajo, el aroma de la tierra y las plantas envolviéndola como un abrazo.
Tomó la tarjeta de Elías Ortiz, que aún guardaba en su bolso, y la colocó sobre el grimorio de su abuela. Los dos objetos, uno representando el futuro y el otro el pasado, descansaban juntos.
Miró el libro de cuero con una gratitud inmensa. El conocimiento contenido en sus páginas no era solo sobre perfumes; era sobre poder, resiliencia y la sabiduría de las mujeres de su linaje.
Esa noche, durmió profundamente por primera vez en meses.
A la mañana siguiente, a las nueve en punto, su teléfono sonó. Era un número desconocido.
—Buenos días, hablo de la oficina del señor Elías Ortiz. ¿Hablo con la señora Abril Lozano?
La voz era profesional, eficiente.
—Soy yo —respondió Abril, su corazón latiendo con una mezcla de nervios y emoción.
—El señor Ortiz me ha pedido que agende una reunión con usted para discutir su propuesta. ¿Le vendría bien mañana a las once en nuestras oficinas corporativas?
—Mañana a las once es perfecto —dijo Abril, su voz firme y segura.
Después de colgar, se sentó frente a su laptop. Abrió el sitio web de su banco y, con unos pocos clics, abrió una nueva cuenta empresarial. El nombre que escribió en el formulario fue "Aromas del Alma".
Luego, sacó la tarjeta de crédito negra que Simón le había arrojado la noche de su aniversario. "Cómprate algo. Lo que sea". Las palabras resonaron en su mente, pero ahora tenían un nuevo significado, uno que él nunca podría haber imaginado.


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