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Perfume Letal de la Esposa romance Capítulo 148

Finalmente, Simón abrió la puerta.

El aire que lo golpeó no era fresco. Era pesado, metálico, con el olor inconfundible del óxido y la tierra húmeda que no ha visto el sol en años. Olía a decadencia. A un final lento y podrido.

Bajó del coche. Sus zapatos de diseñador, de un cuero italiano que costaba más que el salario mensual de un obrero, se hundieron ligeramente en la tierra blanda y rojiza.

El lugar era un esqueleto. Un gigante de hormigón y acero carcomido por el tiempo, con las cuencas de sus ventanas vacías mirando al cielo gris como los ojos de una calavera.

Comenzó a caminar.

No hacia el edificio, sino a lo largo de la carretera de acceso, una cicatriz de asfalto agrietado que se adentraba en la propiedad. Sus pasos eran lentos, pesados, como si caminara contra una corriente invisible.

Buscaba algo. Un punto específico en el mapa de su propia ruina.

Y entonces, lo vio.

El asfalto estaba cubierto de maleza que crecía en las grietas, pero la marca todavía estaba allí. Tenuemente visible, como un fantasma sobre el pavimento. Una larga y oscura cicatriz de caucho quemado. La huella de una frenada desesperada.

Se detuvo a un par de metros de ella.

El aire pareció espesarse. El viento, que antes siseaba a través del metal oxidado, se detuvo.

Y la memoria lo golpeó.

No fue un recuerdo gradual. Fue una colisión. Un instante de claridad brutal y ensordecedora que lo transportó cinco años atrás, a ese mismo punto exacto.

Sintió el peso de su propio cuerpo en el asiento del conductor, el olor a alcohol en su aliento. Recordó la furia, la autocompasión ciega que lo consumía mientras discutía con Valentina por el manos libres.

Estaba allí de nuevo. Reviviendo no solo los hechos, sino la verdad que había ignorado durante cinco años. Ella no había sido una víctima pasiva.

Había intentado salvarlo.

Y él la había destrozado por ello.

Miró las marcas de frenado en el suelo, la tumba silenciosa de ese momento. La verdad era mucho más fea de lo que había imaginado.

Se quedó inmóvil, el viento volviendo a soplar, frío y acusador. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de un color anaranjado y violento, como el de un hematoma.

Sintió un temblor comenzar en sus manos.

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