La presa se rompió.
No fue un goteo. No fue una filtración. Fue un colapso estructural. Una explosión violenta de cinco años de dolor reprimido, de culpa no reconocida, de una verdad tan monstruosa que su mente ya no podía contenerla.
Sus rodillas cedieron.
Simón cayó sobre el asfalto agrietado y polvoriento.
El impacto de sus rodillas contra el suelo fue un golpe sordo, pero apenas lo sintió. El dolor físico era insignificante comparado con la agonía que le desgarraba el alma.
El aire pareció ser succionado de sus pulmones. Su pecho se contrajo, un nudo de puro sufrimiento que luchaba por salir.
Y entonces, salió.
No fue un sollozo. No fue un lamento.
Fue un sonido gutural, primitivo, que rasgó el silencio del lugar abandonado. Un grito que no parecía humano. Era el aullido de un animal atrapado, de un alma que se ve a sí misma en el espejo por primera vez y solo encuentra a un monstruo.
La agonía pura de la revelación, la comprensión total de su propia villanía, lo consumió.
Todo su orgullo, la armadura de arrogancia que había llevado toda su vida, se pulverizó en ese instante. El arquitecto exitoso, el heredero de un imperio, el hombre que creía controlar el mundo, desapareció.
Solo quedó un hombre roto. Un hombre de rodillas en el lugar exacto donde había destrozado la vida de la única persona que alguna vez había intentado salvarlo de sí mismo.


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