Habían pasado semanas.
Semanas desde la noche de la lluvia y el asfalto agrietado. Semanas desde que la verdad lo había destripado, dejándolo vacío por dentro.
Simón se había recuperado físicamente. El alcohol había sido purgado de su sistema, la falta de sueño había sido reemplazada por un insomnio lúcido y tortuoso. Pero emocionalmente, era un hombre en ruinas.
Había cortado todos los lazos. No respondía las llamadas de su padre. El nombre de Valentina había sido borrado de su teléfono y de su vida con una finalidad glacial.
Estaba solo en la inmensa mansión, un fantasma acechado por el eco de una risa que ya no recordaba y por el recuerdo de una calma que nunca había entendido.
La culpa era una bestia que necesitaba ser alimentada, aplacada. Y Simón, un hombre de acciones, no de introspección, recurrió a la única herramienta que había conocido toda su vida. El único lenguaje que creía universal.
El dinero.
Se sentó en su estudio, no frente a planos de arquitectura, sino frente a la pantalla de su computadora. Su primer instinto, su primer plan torpe y desesperado, fue usarlo como un ariete. Si no podía hablar con ella, si no podía acercarse a ella, entonces inundaría su mundo con un gesto tan grande que no podría ignorarlo.
Llamó a la florería más exclusiva de la Ciudad de México, un lugar donde los arreglos florales costaban más que un coche pequeño.
Su orden fue breve y autoritaria.
—Quiero todas las gardenias blancas que tengan. Todas. Y quiero que las envíen a esta dirección.
Una hora después, un camión de reparto refrigerado se detuvo frente a la elegante fachada de "Aromas del Alma". Los repartidores, con rostros perplejos, comenzaron a descargar su carga.
No era un ramo. Era una invasión.
Docenas de arreglos masivos, cada uno una explosión de flores blancas y fragantes, comenzaron a acumularse en la acera. Eran tan grandes, tan opulentos, que bloquearon por completo la entrada de la boutique. Era un gesto de una extravagancia casi violenta. Un jardín gritando en medio de la tranquila calle de la Roma.
Dentro de la boutique, la asistente de Abril, Clara, observaba la escena con una calma imperturbable que había aprendido de su jefa.


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