Simón cerró la carpeta oculta en su teléfono. La pantalla se oscureció, y con ella, una era de su vida.
Se levantó de la silla de su escritorio, el movimiento lento, pesado, como el de un hombre que carga con el peso de mundos. Caminó hacia el gran ventanal panorámico, la ciudad nocturna extendiéndose a sus pies como un mar de joyas indiferentes.
Pero no vio la ciudad.
Vio su propio reflejo, superpuesto a las luces lejanas.
El hombre que le devolvía la mirada era un extraño. No era el CEO arrogante y seguro de sí mismo de las portadas de las revistas. No era el arquitecto visionario que construía imperios de cristal y acero.
Era un hombre cansado. Un hombre derrotado. Un hombre cuyos ojos estaban vacíos de la furia y el orgullo que lo habían sostenido durante tanto tiempo.
Su arrogancia, esa armadura brillante que lo había protegido del mundo y de sí mismo, se había evaporado. Se había disuelto en la noche, dejando solo la cruda y desnuda realidad de su fracaso.
No su fracaso profesional. Eso era superficial, reparable. Era algo más profundo. Su fracaso como hombre. Como esposo. Como ser humano.
Todos sus intentos de recuperarla, de alcanzarla, habían sido extensiones de esa misma arrogancia. Las flores, la donación, la compra hostil, la intervención de sus "aliados". Cada movimiento había sido una táctica de control, una estrategia para impresionarla, para manipularla, para forzarla a volver a su órbita.
Y cada uno había sido rechazado con una calma que ahora entendía.
Ella no estaba jugando su juego. Ella ni siquiera estaba en el mismo universo que su juego.
Él había estado intentando derribar los muros de su fortaleza desde el exterior, sin darse cuenta de que el problema no eran los muros.
Era él.


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