La noche en la oficina de Simón era un océano de silencio y sombras.
Las luces de la ciudad, un tapiz de diamantes esparcidos sobre un terciopelo negro, se extendían más allá del ventanal panorámico. Antes, esa vista lo había llenado de una sensación de poder, de dominio. Ahora, solo acentuaba su soledad. Era un rey en un castillo de cristal, completamente aislado del mundo que creía gobernar.
Había despedido a Bruno con una palmada distraída en el hombro y había conducido hasta allí, a la torre de su imperio, el único lugar donde aún sentía un vestigio de control. Pero era una ilusión.
Estaba solo. Más solo que nunca.
Se sentó en su escritorio, pero no encendió las luces principales. La única iluminación era el brillo frío de la pantalla de su teléfono.
Sus dedos se movieron con una vacilación que le era ajena. Abrió su galería de fotos, pasó de largo las imágenes de eventos sociales, de edificios terminados, de viajes de negocios.
Navegó hasta una carpeta oculta, una que había creado hacía semanas. Una que ningún asistente, ni su padre, ni Valentina, sabían que existía.
La carpeta se llamaba simplemente "A".
Dentro, había una colección de fotografías que no había tomado él. Eran las imágenes que el investigador privado que había contratado después de su viaje a Oaxaca le había estado enviando discretamente. Al principio, se había dicho a sí mismo que era para vigilarla, para entender sus movimientos. Ahora sabía que era una mentira.
Era para estar cerca de ella, de la única manera que le quedaba.
Pasó las imágenes lentamente, cada una un vistazo a un mundo del que había sido excluido.
La primera foto lo golpeó con una fuerza inesperada.
Era Abril en su taller. Estaba de perfil, inclinada sobre su mesa de trabajo, con una lupa de joyero en un ojo, examinando una pequeña flor seca. Estaba completamente absorta, su ceño ligeramente fruncido en una concentración absoluta. Llevaba una simple camiseta de algodón y su cabello estaba recogido en un moño desordenado, del que se escapaban algunos mechones.
Y en su mejilla, justo debajo del pómulo, había una pequeña mancha de tierra.
Simón hizo zoom en la imagen, en ese pequeño detalle imperfecto. No era la mujer impecable de las galas. No era la esposa trofeo. Era una trabajadora. Una artista. Real.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Perfume Letal de la Esposa