La campana sobre la puerta de "Aromas del Alma" tintineó suavemente, un sonido delicado que cortó el silencio de la tarde.
Abril estaba en el mostrador principal, explicando a un cliente las sutiles diferencias entre dos variedades de sándalo. Levantó la vista, una sonrisa profesional en sus labios, lista para dar la bienvenida al recién llegado.
Y se quedó helada.
El hombre que había entrado no era un cliente habitual. No llevaba el traje a medida de un magnate ni la ropa de diseñador de un socialité. Llevaba unos pantalones de lino, una camisa blanca arremangada y un aire de carisma natural que parecía llenar la habitación.
Su cabello oscuro estaba ligeramente revuelto, como si el viento de la ciudad lo hubiera saludado. Sus ojos, de un color avellana cálido, la recorrieron no con la mirada evaluadora de un comprador, sino con la apreciación de un conocedor.
Era Julián Andrade. Lo reconoció al instante de la foto de la revista.
Él no se acercó al mostrador. No interrumpió. Simplemente se quedó de pie junto a la entrada, sus manos en los bolsillos, e hizo algo que nadie había hecho antes.
Inhaló.
Cerró los ojos por un instante, y una lenta sonrisa de puro placer se dibujó en su rostro. Inhaló profundamente, no como alguien que huele un perfume, sino como alguien que respira el aire de un bosque después de la lluvia. Estaba absorbiendo la atmósfera del lugar: el aroma de la madera de cedro de los estantes, la cera de abeja del suelo, las flores frescas del patio y esa corriente subyacente, casi imperceptible, de las esencias que se creaban en el taller.
El cliente de Abril, un hombre mayor, se giró para ver qué había captado la atención de todos. Al reconocer al famoso perfumista, sus ojos se abrieron de par en par.
Cuando Julián abrió los ojos, se encontraron con los de Abril. Su sonrisa se ensanchó, una expresión de genuina admiración.
Abril, por primera vez en mucho tiempo, se sintió completamente desarmada.
Él se acercó, sus pasos eran tranquilos, sin prisa. Extendió una mano, no para un apretón de negocios, sino en un gesto de saludo cálido y respetuoso.
—Señorita Lozano. Soy Julián Andrade.
Su voz era exactamente como el artículo la había descrito: un barítono cálido, con un leve y encantador acento argentino.



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