La humildad era un traje que no le sentaba bien. Y el silencio era una tortura.
Tras su epifanía en la oficina, Simón se había impuesto una nueva disciplina: la no interferencia. Observaría, aprendería, esperaría. Pero la pasividad era un veneno para un hombre acostumbrado a la acción, al control.
Así que hizo trampa.
Contrató de nuevo al investigador privado, pero esta vez, se dijo a sí mismo, el propósito era diferente. No era para vigilarla en busca de una traición. Era para protegerla. Para asegurarse de que estaba a salvo.
Era una mentira piadosa que se susurraba a sí mismo para justificar el acoso sutil, la necesidad de saber, de seguir conectado a su órbita aunque fuera como un satélite invisible y no deseado.
El informe llegó a su teléfono una tarde, mientras estaba atrapado en el tráfico de Periférico. No era un texto, sino una sola imagen con una ubicación.
Una foto de Abril, sentada en la terraza de un pequeño café en la Colonia Roma. Frente a ella, sonriendo, estaba Julián Andrade.
El nombre golpeó a Simón con la fuerza de un puñetazo físico. El hombre de la revista. El "poeta de los pétalos".
La sangre le hirvió en las venas, una oleada de celos tan pura y primitiva que lo asustó. Giró el volante bruscamente, cortando dos carriles, ignorando las bocinas furiosas de los otros conductores.
Condujo hasta la Roma como un autómata, guiado por una furia helada. Encontró el café. Estacionó al otro lado de la calle, bajo la sombra de un fresno, su coche era un depredador al acecho.
Y los vio.
Estaban sentados en una mesa al aire libre, rodeados de macetas de helechos. La luz del sol se filtraba a través de las hojas, pintando patrones de luz y sombra sobre ellos.
Parecían estar en su propio universo.
Simón observó, con el corazón martilleándole en el pecho, cómo hablaban. No podía oír las palabras, pero no lo necesitaba. Veía la forma en que gesticulaban, la pasión en sus rostros.



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