La penitencia de Simón comenzó al amanecer.
El hombre que había construido un imperio sobre la base de grandes gestos y decisiones monumentales, ahora se encontraba en una misión de una simplicidad casi ridícula.
Su investigador, un hombre discreto y eficiente, le había entregado un informe que no contenía fotos de rivales ni transcripciones de cenas. Contenía un solo dato, una migaja de la vida personal de Abril que él nunca se había molestado en conocer.
"La Sra. Lozano siente una predilección particular por las conchas de pan de la panadería 'Rosetta' en la Colonia Roma. Según el personal, eran sus favoritas, pero no la han visto en años. Comentan que 'rara vez tiene tiempo'".
La información era tan mundana, tan íntima, que a Simón le dolió físicamente.
Así que, antes de que saliera el sol, mientras la ciudad todavía dormía bajo un velo gris, él estaba allí. Hizo cola con los trabajadores y los madrugadores, un hombre en un coche de lujo esperando pacientemente a que la pequeña panadería artesanal abriera sus puertas.
El aire olía a levadura, a azúcar y a café recién hecho. Era un aroma honesto, un aroma de trabajo y de pequeñas alegrías.
Cuando finalmente fue su turno, su petición fue simple.
—Una concha de vainilla, por favor. Para llevar.
La panadera se la entregó en una simple bolsa de papel estraza, todavía tibia. El calor se filtraba a través del papel, un pequeño punto de vida en sus manos frías.
Condujo hasta la boutique. La calle estaba desierta, bañada por la luz pálida del alba. Se bajó del coche, y por un momento, se sintió como un ladrón, o como un adolescente dejando una carta de amor secreta.
Dejó la bolsa de papel en el escalón de piedra, justo frente a la gran puerta de madera.
No había nota. No había explicación. El gesto tenía que hablar por sí mismo, o no hablar en absoluto.
Regresó a su coche y se fue, antes de que nadie pudiera verlo. El acto no había sido para ella. Había sido para él. Un pequeño y anónimo acto de servicio.
Cuando Abril llegó a la boutique una hora más tarde, encontró la bolsa.
Su asistente, Clara, la recogió con una expresión de perplejidad. —¿Esperaba un envío, señora Lozano?
Abril tomó la bolsa. Estaba ligeramente arrugada, pero el aroma que emanaba de ella era inconfundible. Vainilla, mantequilla, pan recién horneado. El olor de sus viejas tardes de domingo.


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