La humillación en la boutique fue una lección brutal.
Simón se fue de allí no con ira, sino con una nueva y aterradora claridad. Había pasado semanas intentando obtener una reacción de ella, forzando una confrontación, tratando de reinsertarse en su vida por la fuerza.
Y había fracasado. Miserablemente.
Comprendió que cada uno de sus movimientos había estado diseñado para ella. Las flores, la donación, la compra fallida de la empresa. Todo era un espectáculo para una audiencia de una sola persona. Y esa persona no estaba mirando.
Esa noche, en la soledad de su estudio, tomó una decisión.
El cambio de estrategia no nació de un cálculo, sino de una rendición. Si no podía entrar en su mundo, entonces, por primera vez, intentaría comprenderlo. Desde lejos. En silencio.
Comenzó el nuevo ritual.
Se enteró, a través de un discreto seguimiento de las noticias culturales, que Abril daría una conferencia. No era una gala ni un evento de lujo. Era una charla académica en el auditorio del Museo Nacional de Antropología, titulada "La Etno-botánica Sagrada de Oaxaca: Más Allá del Perfume".
Sintió el impulso de siempre: ir, confrontarla, hacerle saber que estaba allí. Pero lo reprimió.
En su lugar, hizo algo que nunca antes había hecho.
Fue como un espía.
Llegó tarde, cuando el auditorio ya estaba casi lleno. Llevaba una gorra de béisbol calada hasta las cejas y una chaqueta sencilla. Se deslizó en uno de los asientos de la última fila, un anónimo en la penumbra.
Y entonces, la vio.
Abril subió al escenario. No llevaba un vestido de diseñador, sino un sencillo huipil bordado y unos pantalones de lino. Su cabello estaba suelto. No había podio. Se sentó en un taburete, con un micrófono de solapa, creando una atmósfera de intimidad.
Comenzó a hablar.


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