El callejón era una grieta oscura entre dos edificios industriales abandonados en los límites de la ciudad.
El aire olía a humedad, a basura y al ozono metálico de una tormenta reciente. El único sonido era el goteo rítmico del agua desde una tubería oxidada.
El ladrón, un hombre que se hacía llamar Sombra, corrió por el callejón, sus zapatillas de goma apenas haciendo ruido sobre el asfalto mojado.
Se sentía eufórico. El trabajo había sido limpio, impecable. El maletín que llevaba en la mano, ligero pero invaluable, contenía los secretos de "Aromas del Alma". El pago de Dubois ya estaba en su cuenta.
Llegó al final del callejón, donde la oscuridad daba paso a la luz anaranjada de una farola solitaria. Su coche estaba a solo unos metros. La libertad.
Fue entonces cuando las sombras se movieron.
No salieron de ninguna parte. Simplemente se materializaron desde la oscuridad más profunda. Tres figuras. Altas, vestidas de negro, sus rostros ocultos por la noche.
Sombra se detuvo en seco, su corazón dando un vuelco violento. Su instinto, afilado por años de trabajo en los márgenes de la ley, le gritó que no eran policías. La policía hacía ruido. La policía anunciaba su presencia.
Estos hombres eran silencio.
Uno de ellos, el más grande, dio un paso adelante. No corrió. Simplemente avanzó, su presencia llenando el estrecho callejón. Era Héctor.
Sombra retrocedió instintivamente, su mano buscando el pequeño cuchillo que llevaba en el cinturón.
—No hagas eso —dijo Héctor, su voz era un gruñido bajo, un sonido que parecía venir de las profundidades de la tierra—. No querrás hacer eso.
Los otros two hombres se movieron, flanqueándolo, cortando sus rutas de escape con una eficiencia líquida. No había a dónde correr.
Sombra levantó las manos, el maletín todavía aferrado a su mano derecha.
—No sé de qué hablan —dijo, su voz sonando extrañamente aguda en sus propios oídos.
Héctor sonrió, una sonrisa que no tenía nada de amistoso.
—Claro que sí. Has tenido una noche muy ocupada. Robando secretos que no te pertenecen.
Se detuvo a un metro de él. Sombra podía oler el aroma a cuero y a lluvia en su ropa.
—Vamos a hacer esto simple —continuó Héctor—. Me vas a dar el maletín.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Perfume Letal de la Esposa