A la mañana siguiente, Simón no fue a la oficina.
Se sentó en su estudio, con el teléfono pegado a la oreja, su voz era fría y autoritaria.
—Soy Simón Ferrer. Quiero congelar el acceso a todas las cuentas conjuntas a nombre mío y de Abril Lozano. Inmediatamente.
El agente del banco al otro lado de la línea tartamudeó, pero Simón no le dio tiempo a discutir.
—Y la tarjeta de crédito personal de la señora Ferrer, la American Express platino. Reduzcan el límite.
Hizo una pausa, saboreando el poder.
—Redúzcanlo a veinte mil pesos.
Era una cantidad ridícula para alguien de su estatus. Apenas suficiente para la despensa de una semana. Un insulto deliberado.
Estaba convencido de que acababa de cortar la fuente de financiación del supuesto "amante" de Abril. Se imaginó su pánico, su humillación cuando sus tarjetas fueran rechazadas. La imagen le produjo una oleada de satisfacción perversa.
Esperó a que ella volviera a casa esa tarde.
La confrontó en el vestíbulo, el mismo lugar donde ella lo había desafiado el día anterior. Se cruzó de brazos, adoptando una postura de superioridad.
—Abril.
Ella se detuvo, mirándolo con su habitual calma imperturbable. Llevaba una carpeta bajo el brazo y parecía cansada, pero satisfecha.
—He estado revisando nuestras finanzas —dijo él, su tono era condescendiente, como si le hablara a una niña—. He tenido que hacer algunos ajustes para proteger nuestro patrimonio.
La observó de cerca, esperando ver una grieta en su compostura.
¿Cómo se atrevía a estar tan tranquila? ¿Dónde estaba el pánico? ¿La ira? ¿Las lágrimas? Su falta de reacción no encajaba con la narrativa que él había construido en su cabeza. Una mujer a la que le cortan el acceso a una fortuna no responde con tanta serenidad.
A menos que... a menos que el dinero no le importara porque tenía otra fuente.
Su calma, en lugar de disipar sus sospechas, las confirmó de la manera más dolorosa.
—¿Ah, sí? —espetó él, su voz temblando de una furia que ya no podía contener—. ¿Y cómo piensas hacer eso exactamente?
Abril lo miró por un largo momento.
Luego, se dio la vuelta y comenzó a subir las escaleras.
—Eso, Simón —dijo por encima del hombro—, ya no es de tu incumbencia.

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