La notificación del banco, que para Simón era un golpe maestro, para Abril fue un acto de liberación.
El bloqueo de las cuentas no la había dejado indefensa. Al contrario, la había despojado del último y más pesado grillete que la ataba a él.
Ahora, operando únicamente con el capital y la confianza del señor Ortiz, era completamente autónoma. El dinero que manejaba no era una limosna de su marido; era el fruto de su propio talento.
Se sentía ligera. Libre.
En su invernadero, rodeada de sus plantas, abrió el grimorio de su abuela. El aroma del cuero viejo y las páginas secas era el perfume de su verdadera herencia.
La fragancia que quería crear para Elías Ortiz —"poder, tradición y calma"— no podía nacer de ingredientes comprados en una tienda de lujo. Necesitaba el alma de la tierra.
Necesitaba ir a la fuente.
Necesitaba ir a Oaxaca.
Sus dedos, manchados de tierra, pasaron suavemente sobre la caligrafía de su abuela. Buscó las secciones que hablaban de los ingredientes más sagrados, aquellos que no se podían encontrar en ningún otro lugar del mundo.
Encontró lo que buscaba. Notas detalladas sobre la resina de copal, extraída de árboles sagrados, cuyo humo se creía que purificaba el espíritu. Apuntes sobre la hoja de damiana, una planta conocida por sus propiedades para calmar la ansiedad y despertar la fuerza interior. Y un capítulo entero dedicado al cempasúchil, la flor de los muertos, cuyo aroma vibrante era un puente entre mundos.
En los márgenes, su abuela había escrito nombres y lugares. No eran proveedores; eran guardianes de la tradición.
Uno de los nombres estaba subrayado varias veces: Don Mateo. Un viejo curandero, amigo de su familia, un hombre que entendía el lenguaje de las plantas mejor que el de los hombres.

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