Simón no filtró las pruebas.
El viejo Simón, el hombre de las manipulaciones corporativas y los movimientos en la sombra, habría enviado el dossier de forma anónima, dejando que la metralla hiriera a todos por igual.
Pero el hombre que había emergido de las ruinas de su propia vida sabía que la justicia a medias era solo otra forma de mentira.
Al día siguiente, con el dossier completo en un elegante maletín de cuero, se presentó sin anunciarse en las oficinas centrales del tabloide "Sol de México".
La redacción era un caos de teléfonos sonando y teclados repiqueteando. Germán Acosta, el periodista, estaba en su cubículo de cristal, pavoneándose, disfrutando de la gloria de su "exclusiva".
Cuando vio a Simón Ferrer entrar en la redacción, su sonrisa se congeló.
Simón no levantó la voz. No hizo una escena. Simplemente caminó hacia el cubículo, su presencia imponente creando un silencio a su paso.
—Señor Acosta.
El periodista se levantó, una mezcla de miedo y arrogancia en su rostro. —¿Señor Ferrer? Si busca una rectificación…
—Busco a su editor en jefe. Ahora —dijo Simón, su voz era tan tranquila que resultaba aterradora.
Cinco minutos después, Simón estaba sentado en la oficina del editor, un hombre con una cara sudorosa y ojos nerviosos llamado Figueroa. Acosta estaba de pie en un rincón, intentando parecer desafiante.
Simón no perdió el tiempo. Abrió el maletín y comenzó a colocar las pruebas sobre el escritorio de caoba pulida, una por una, como un jugador de póker revelando una mano ganadora.
Primero, la confesión firmada de Pierre Dubois, el "experto" perfumista, detallando el soborno.
Luego, las fotografías de alta resolución de Valentina reuniéndose con Acosta en el hotel, con marcas de tiempo.
Después, los registros bancarios que mostraban la transferencia de Valentina a Dubois y el retiro en efectivo del cajero automático.


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