El shock en la sala de conferencias fue una onda expansiva silenciosa. Los periodistas se miraron unos a otros, sus rostros una mezcla de incredulidad y una excitación depredadora. ¿Una injusticia? ¿De qué estaba hablando?
Simón no les dio tiempo a especular. Continuó, su voz era un instrumento de precisión, cada palabra cuidadosamente elegida, despojada de toda emoción superflua.
—Hace cinco años —comenzó, y el aire pareció volverse más denso—, mi empresa, Ferrer Arquitectos, fue víctima de un acto de espionaje corporativo. Se filtraron planos confidenciales a un competidor, poniendo en riesgo la viabilidad de la compañía justo antes de su salida a bolsa.
En su taller, Abril sintió un escalofrío. Estaba sucediendo. Realmente estaba sucediendo.
—En ese momento —continuó Simón, su mirada nunca vaciló de la cámara—, se llevó a cabo una investigación interna. Se identificó a un culpable. Un arquitecto leal y de gran talento, Ramiro Vargas, fue despedido públicamente por negligencia. Se le culpó de la brecha de seguridad.
Hizo una pausa, dejando que el peso de esa historia, la versión oficial que todos habían aceptado, se asentara en la sala.
—Hoy estoy aquí para decirles que esa versión de los hechos fue una mentira.
Un jadeo colectivo recorrió la sala. Los dedos de los periodistas volaron sobre sus teclados, tratando de capturar cada palabra.
—Ramiro Vargas era inocente —declaró Simón, su voz resonando con una finalidad absoluta—. No hubo negligencia. La filtración no fue un error. Fue un acto deliberado de traición.
Se detuvo de nuevo, sus ojos se endurecieron.
—Las pruebas de esa traición, que existían en ese momento, fueron deliberadamente ocultadas. Se tomó una decisión, al más alto nivel de la empresa, de sacrificar a un hombre inocente para proteger los intereses financieros de la compañía y evitar un escándalo familiar.
Abril cerró los ojos. Lo estaba haciendo.
Estaba quemando su propio mundo hasta los cimientos.


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