La luna colgaba sobre la Colonia Roma, una astilla de plata en un cielo de tinta.
Las luces de la boutique estaban apagadas, a excepción de una pequeña lámpara en el taller que proyectaba la silueta solitaria de Abril a través de la ventana.
No estaba trabajando. Estaba esperando.
La paz que había encontrado en el museo, la claridad que le había dado la voz de su abuela, la habían preparado para esto. La confrontación final. El epílogo de la guerra.
No sentía miedo. Ni siquiera sentía la fría armadura de la indiferencia. Se sentía… anclada. Dueña de su espacio, de su historia, de la decisión que estaba a punto de tomar.
El sonido de un motor de coche, suave y gutural, rompió el silencio de la calle. Se detuvo al otro lado. No se apagó de inmediato.
Abril observó desde la sombra de su taller. Vio la silueta de un Mercedes negro, un fantasma de su vida pasada.
La puerta del conductor se abrió y él salió.
Simón.
No llevaba el traje impecable del CEO ni el esmoquin del triunfador. Vestía unos simples pantalones oscuros y una camisa de lino arrugada. Parecía más delgado. Más viejo.
La arrogancia que siempre había sido su segunda piel se había desvanecido. No quedaba nada de ella. En su lugar, había un cansancio que parecía emanar de sus huesos, una pesadez en la forma en que se movía.
Pero sus ojos, cuando se levantaron para mirar la fachada de la boutique, eran diferentes. Estaban claros. Despojados de la furia, del pánico, de la autocompasión. Eran los ojos de un hombre que había visto el fondo del abismo y había sobrevivido.

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