La pregunta de Abril quedó suspendida en el aire, simple y directa, despojándolo de cualquier posible estrategia.
Simón bajó la vista por un instante, como si la respuesta estuviera escrita en el asfalto a sus pies. Cuando volvió a levantarla, había una vulnerabilidad total en su rostro, una desnudez emocional que Abril nunca le había visto.
No era una actuación. No había un gramo de manipulación en ella. Era la cruda verdad de un hombre que lo había perdido todo, especialmente a sí mismo.
—Hago aquí lo único que me queda por hacer —dijo, su voz era un murmullo que apenas cruzaba la calle silenciosa—. Ser honesto.
Dio un paso vacilante, no para acercarse, sino como si sus propias palabras lo hubieran empujado.
—Ya no tengo nada que ofrecerte que no te hayas ganado por ti misma. Mi dinero es irrelevante. Mi poder… es tuyo si lo quieres. Lo único que me queda es la verdad.
Abril lo escuchaba, su corazón latiendo con un ritmo lento y pesado en su pecho. Cada palabra de él era una piedra arrojada al lago de su calma, creando ondas que no podía controlar.
Él respiró hondo, reuniendo el último vestigio de su coraje. El coraje que le había dado el arrepentimiento.
—No te pido que vuelvas conmigo —dijo, y la sinceridad en su voz la golpeó con una fuerza inesperada—. No te pido que canceles el divorcio. Sé que he perdido ese derecho para siempre.
La petición la dejó sin aliento. Esperaba una súplica, una negociación, un intento desesperado de aferrarse a los restos de su matrimonio.
No esperaba esto. No esperaba una rendición.
—Solo te pido una cosa —continuó él, su mirada fija en la de ella, una súplica pura y sin defensas—. Solo te pido permiso…
Dudó, la palabra le costaba, era ajena a todo lo que él había sido.
—…permiso para intentar enamorarte de nuevo.

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