El lunes de la semana siguiente, el ritual cambió.
Cuando Abril llegó a la boutique, no encontró una flor.
En su lugar, sobre el escalón de piedra, había una pequeña caja cuadrada.
Era diferente a cualquier cosa que él le hubiera dado antes. No era la reconocible caja de terciopelo azul de una joyería de lujo.
Estaba hecha de madera de olivo, la veta pálida y arremolinada contando la historia de un árbol antiguo. Era suave al tacto, cálida por el sol de la mañana. No tenía adornos, ni lazos, ni logos. Solo la belleza honesta de la madera.
La recogió. Pesaba más de lo que parecía.
Una oleada de cautela la recorrió. ¿Había vuelto a su antiguo lenguaje? ¿El lenguaje del dinero?
Entró en la boutique, cerró la puerta y llevó la caja a su taller. La dejó sobre la mesa de trabajo de mármol negro, un objeto extraño en su santuario de aromas.
Dudó por un momento. Una parte de ella quería ignorarla, dejarla sin abrir como una prueba de su indiferencia.
Pero la curiosidad, esa emoción que él había logrado despertar en ella, era más fuerte.
Con dedos cuidadosos, levantó la tapa.
Dentro, sobre un lecho de musgo seco, no había diamantes. No había zafiros.
Había una sola pieza de ámbar.
Era grande, de la forma de una lágrima pulida, y provenía de las minas de Simojovel, en Chiapas. Su color era un coñac profundo y translúcido, con inclusiones doradas que atrapaban la luz, como insectos prehistóricos o fragmentos de sol.
No había ninguna nota. No era necesaria.
Abril tomó la pieza de ámbar. Se sentía cálida en la palma de su mano, casi viva.

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