La llamada a Julián había cerrado una puerta al futuro.
Ahora, Abril necesitaba entender el pasado que se le ofrecía como un regalo.
Al día siguiente, después de una larga conversación con su abuela, condujo sola hacia las afueras de la ciudad, siguiendo las coordenadas que el abogado de Simón le había enviado.
El camino de tierra ascendía suavemente por las colinas, dejando atrás el bullicio del valle. El aire se volvía más puro, olía a pino y a tierra roja.
Llegó a una meseta que ofrecía una vista panorámica de todo el valle de Tlacolula. Y allí estaba.
Cinco hectáreas de tierra oaxaqueña, un lienzo en blanco bañado por el sol de la mañana.
Bajó del coche. El silencio era casi absoluto, roto solo por el canto de los pájaros y el susurro del viento entre los pastos altos.
Caminó hacia el centro del terreno. La tierra bajo sus pies se sentía firme, viva.
No vio solo un campo vacío. Vio el futuro.
Cerró los ojos y la visión la inundó con una claridad abrumadora.
Vio los invernaderos de cristal y acero, estructuras modernas pero respetuosas con el paisaje, brillando bajo el sol. Dentro, hileras de damiana, de cempasúchil, de poleo, cada planta un tesoro genético.
Vio los laboratorios. Salas blancas y luminosas, con cromatógrafos de gases y destiladores moleculares, donde jóvenes estudiantes con batas blancas, becados de las comunidades indígenas de la sierra, analizarían los secretos químicos de las plantas que sus ancestros habían usado durante siglos.
Vio un jardín etnobotánico, un laberinto de senderos de piedra que serpenteaban entre las flores y hierbas sagradas de Oaxaca, cada una con una placa que contaba su historia, su uso medicinal, su leyenda.
Vio una pequeña biblioteca con paredes de adobe y un techo de vigas de madera, llena de libros sobre botánica, herbolaria y la historia de su pueblo.

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