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Perfume Letal de la Esposa romance Capítulo 47

El chisme de que Abril Lozano estaba restaurando una casona en la Roma Norte con el joven y talentoso Mateo Soler corrió como la pólvora por los círculos de la élite.

Para Valentina, la noticia fue una ofensa personal.

No solo Abril seguía acaparando la atención, sino que ahora lo hacía invadiendo un territorio que Valentina consideraba propio: el del estilo y el buen gusto. Y lo hacía en una colonia que, para ella, era el epítome de lo bohemio y, por lo tanto, inferior.

Decidió que tenía que verlo con sus propios ojos.

Llegó a la obra sin anunciarse, conduciendo su Maserati hasta la acera llena de sacos de escombro. Salió del coche como si estuviera pisando una alfombra roja, vestida con un conjunto blanco impecable y tacones de aguja que se hundían ligeramente en el polvo.

Los trabajadores se detuvieron un segundo para mirarla, una aparición surrealista en medio de su entorno.

Encontró a Abril en el patio interior, discutiendo con un maestro cantero sobre la restauración de la fuente central. Abril vestía jeans, botas de trabajo y un casco de seguridad. Tenía una mancha de polvo en la mejilla y una expresión de intensa concentración.

—¡Abril, querida! —exclamó Valentina, su voz era un trino agudo que rompió la armonía de los martillos y las sierras.

Abril se giró, su expresión no cambió.

—Valentina. Qué sorpresa.

—Pasaba por aquí y no podía creer que este fuera el lugar —dijo Valentina, paseando la mirada con un desdén mal disimulado por las paredes de ladrillo expuesto y los andamios—. Es... un proyecto ambicioso.

Le dio unas palmaditas a una columna de piedra como si temiera contagiarse de algo.

—Qué... rústico, querida.

La palabra "rústico" fue pronunciada como si fuera un insulto.

—¿Estás segura de que tu clientela querrá venir a esta zona? No es exactamente Polanco. Es un poco... alternativo.

Abril se cruzó de brazos, apoyándose en la fuente. Observó a Valentina, a su ropa inmaculada, a su estudiada pose de superioridad.

En otro tiempo, un comentario así la habría herido, la habría hecho sentir pequeña e inadecuada.

Ahora, solo le provocaba una profunda lástima.

La sonrisa de Valentina se congeló en su rostro. La condescendencia se evaporó, reemplazada por el shock y una ira apenas contenida.

No había respuesta para eso. No había argumento posible contra una verdad tan aplastante.

Abril, sin esperar una réplica, se volvió hacia el maestro cantero.

—Continuemos, por favor. Creo que el acabado martelinado le dará la textura perfecta.

La conversación había terminado. Valentina había sido despachada.

Se quedó allí plantada por un segundo, humillada, invisible en medio de la febril actividad de la construcción.

Se dio media vuelta, sus tacones resonando con furia sobre el suelo de cemento, y se marchó.

El sonido de su Maserati arrancando y alejándose a toda velocidad fue la única prueba de que alguna vez había estado allí.

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