El primer paso para resucitar la casona era encontrar al arquitecto adecuado.
Abril no quería simplemente un constructor; necesitaba un intérprete. Alguien que entendiera que no estaba levantando un edificio, sino un santuario.
Su asistente legal le preparó una lista con los nombres más cotizados de la ciudad. El primero en la lista era Ricardo de la Torre, un arquitecto de la vieja guardia, famoso por sus residencias opulentas en Las Lomas y un viejo conocido de Simón.
Se reunió con él en su despacho minimalista. De la Torre habló de mármoles importados, de espacios abiertos para grandes recepciones y de "proyectar estatus". No hizo una sola pregunta sobre la filosofía de "Aromas del Alma".
Abril lo escuchó pacientemente. Al final de la reunión, le agradeció su tiempo.
—Su visión es impresionante, señor de la Torre —dijo con una cortesía impecable—. Pero busco algo menos monumental y más... íntimo.
El segundo en la lista era un nombre que ella misma había investigado: Mateo Soler.
Era joven, apenas treinta años, y su portafolio no estaba lleno de mansiones, sino de casonas porfirianas y edificios art déco restaurados con una sensibilidad exquisita. Su lema era "dialogar con la historia, no demolerla".
Se encontraron en la propia casona, en medio del polvo y el eco de los salones vacíos.
Mateo no llegó con un traje, sino con jeans, botas de trabajo y un cuaderno de bocetos bajo el brazo. Durante la primera media hora, no habló. Caminó por la casa en silencio, tocando las paredes, sintiendo la textura de los azulejos de pasta, observando cómo la luz se filtraba por los vitrales rotos.
Finalmente, se detuvo junto a Abril en el centro del patio interior.
—La casa tiene buenos huesos —dijo, su voz era tranquila, respetuosa—. Ha estado esperando que alguien la escuchara.
Abril sintió una conexión instantánea.
Desplegaron los planos originales sobre una caja de madera. Ella le explicó su visión: un laboratorio que pareciera un antiguo boticario, un jardín botánico en el patio que fuera la fuente de sus ingredientes, salones privados donde cada fragancia contara una historia.
Al volante iba Simón.
No pudo evitarlo. La obsesión lo había llevado hasta allí. Quería ver la propiedad que ella había comprado, el origen de su última humillación.
Y lo que vio fue a su esposa, de pie junto a un hombre joven y atractivo, ambos inclinados sobre unos planos, riendo. La luz del atardecer los envolvía, creando una escena de intimidad y complicidad que lo apuñaló directamente en el ego.
No vio a una clienta con su arquitecto.
Vio la confirmación de todas sus paranoias.
Apretó el volante con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos, el motor del coche un rugido sordo que reflejaba la tormenta en su interior.
Pisó el acelerador y se alejó de allí, la imagen de ellos riendo grabada a fuego en su mente.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Perfume Letal de la Esposa