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Perfume Letal de la Esposa romance Capítulo 49

El correo electrónico llegó en una mañana soleada, mientras Abril supervisaba la colocación de los últimos estantes de madera de nogal en su laboratorio.

El remitente era Laura, la asistente del señor Ortiz. El asunto era escueto: "Solicitud Urgente - Cliente Internacional".

Abril abrió el mensaje.

"Estimada Sra. Lozano", comenzaba, "El señor Ortiz me pide que le transmita una solicitud de un asociado de negocios de Abu Dhabi, el jeque Khalid Al-Fahim. Ha probado 'Legado' y desea encargarle la creación de una serie de tres fragancias personales para su colección privada. El presupuesto es... ilimitado. Adjunto sus datos de contacto. Él espera su llamada".

Abril releyó el mensaje. Abu Dhabi. Un jeque.

No era solo un cliente más. Era un nuevo continente. Era la prueba de que el susurro de "Aromas del Alma" había cruzado el océano.

La noticia de la inminente colaboración entre el jeque Al-Fahim y una misteriosa perfumista mexicana llegó a los oídos de Simón a través de un socio comercial en Dubái.

—Simón, ¿puedes creerlo? —dijo el socio por teléfono—. Khalid, que es más cerrado que una ostra, no deja de hablar de una tal Abril Lozano. Dice que va a crear para él los perfumes más exclusivos del mundo. ¿Te suena el nombre? Es tu esposa, ¿no es así?

Simón sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

Una cosa era que Abril tuviera éxito en el pequeño estanque de la élite mexicana. Otra, muy distinta, era que su nombre resonara en los círculos de poder de Medio Oriente.

El pánico, frío y afilado, lo atravesó.

Ella no solo estaba construyendo una vida sin él en México. Estaba construyendo un imperio global. Un mundo en el que él no solo era innecesario, sino completamente irrelevante.

Esa noche, la esperó en la mansión. No en el salón, sino en el vestíbulo, como un centinela desesperado.

Cuando ella llegó, agotada pero satisfecha tras un largo día en la obra, él se interpuso en su camino.

Su arrogancia habitual había desaparecido. En su lugar, había una vulnerabilidad que Abril nunca le había visto. Su voz era casi una súplica.

—Simón, ya no sabes ni lo que dices —respondió ella, su voz era tranquila, desprovista de emoción. Su mirada seguía fija en los planos.

Levantó la vista hacia él.

—¿A qué casa quieres que vuelva?

Su pregunta no era una pregunta. Era una declaración.

—Yo ya estoy construyendo la mía.

Sin decir más, pasó junto a él y comenzó a subir la gran escalera, sus pasos resonando en el silencio.

Dejándolo solo en la penumbra, con el eco de sus palabras y la certeza aplastante de que ya era demasiado tarde.

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