Era el atardecer.
El sol se derramaba sobre la Colonia Roma, tiñendo el cielo de tonos naranjas y púrpuras. La luz dorada bañaba la fachada de la casona restaurada, haciendo que sus muros de piedra parecieran cálidos, vivos.
Las luces interiores ya estaban encendidas, proyectando un brillo ambarino a través de los altos ventanales. Desde la calle, se podía vislumbrar el verde exuberante del patio interior, la silueta de la fuente, los destellos del cobre y el cristal en el laboratorio.
La casona no parecía un negocio. Parecía un hogar. Un lugar donde los secretos y los sueños se destilaban en frascos.
Abril estaba de pie en la acera de enfrente, con los brazos cruzados, observando su creación.
Cada detalle, desde los mosaicos del suelo hasta la última teja del techo, había pasado por sus manos, por su aprobación. Era la manifestación física de su libertad, el resultado de meses de trabajo incansable.
Una sonrisa lenta y satisfecha se dibujó en su rostro.
Mateo, el arquitecto, se unió a ella, parándose a su lado en silencio. No había nada que decir. La obra hablaba por sí misma.
—Lo logramos —susurró él finalmente.
—Lo logramos —respondió ella, su voz llena de una serena gratitud.
En ese momento, un artesano salió de la casona. Llevaba una pequeña escalera y una caja de herramientas. Con una precisión de cirujano, comenzó a instalar el último detalle junto al gran portón de madera.
Era una placa de latón, pulida hasta brillar como el oro viejo. No era grande ni ostentosa. Era discreta, elegante.
La cámara imaginaria se acercó lentamente, enfocando las letras grabadas.
"Aromas del Alma."
Y debajo, en una tipografía más pequeña:
"Taller Privado."
El artesano terminó, recogió sus herramientas y, con un asentimiento de cabeza hacia Abril, se retiró.
Y él no había visto nada.
El coche siguió avanzando, casi por inercia.
No había solo ira en su expresión. Había algo más profundo.
Había shock.
Había una admiración que lo quemaba por dentro.
Había un arrepentimiento tan vasto y pesado que le robaba el aire.
Y sobre todo, había una profunda, abrumadora e irrevocable sensación de pérdida.
Había entendido, demasiado tarde, a la mujer que había destruido. A la reina que él mismo, con su ceguera, había ayudado a coronar.

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