Ramiro Vargas la observó, su rostro era una máscara de desconfianza. La palabra "justicia" en boca de una Ferrer era una contradicción, un veneno envuelto en seda.
—No sé a qué estás jugando —dijo él, su voz era un gruñido bajo—. Pero no tengo tiempo para los juegos de los ricos.
—Esto no es un juego —replicó Abril. Su calma era su arma más potente. No se movió, no levantó la voz. Simplemente sostuvo su mirada—. Estoy investigando lo que realmente sucedió hace cinco años.
Dio un paso más cerca, invadiendo su espacio personal con una audacia que lo sorprendió.
—Sé que usted fue el chivo expiatorio. Sé que su "negligencia" fue la coartada perfecta para encubrir algo mucho más grande. Y sé que Simón lo sabía.
Cada frase era una piedra arrojada al estanque estancado de su resentimiento.
Vargas sintió una sacudida. Que ella supiera, que lo dijera en voz alta, era algo que nunca esperó.
Pero la amargura era un muro demasiado alto.
—¿Justicia? —escupió la palabra—. ¿Después de cinco años de arrastrarme por el lodo? ¿Después de que tu esposo se asegurara de que nadie en esta maldita ciudad me diera ni un trabajo de dibujante?
Su voz se quebró por un instante, cargada de la humillación de mil puertas cerradas en su cara.
—¡Tu esposo me destruyó! Me quitó mi carrera, mi reputación, mis ahorros. ¡Me quitó mi nombre! ¿Y ahora vienes a mi oficina a hablar de justicia?
Abril no retrocedió ante su explosión. Esperó a que el eco de su dolor se apagara.
Y entonces, le asestó el golpe final.
Lo miró una última vez, una conexión forjada en la traición compartida.
—Piénselo, señor Vargas. Él nos subestimó a los dos. Demostrémosle el tamaño de su error.
Se dio la vuelta, sin esperar una respuesta, sin darle la oportunidad de rechazarla.
Caminó hacia la puerta con la misma calma con la que había entrado.
El sonido de la puerta al cerrarse resonó en el silencio de la pequeña oficina.
Ramiro Vargas se quedó inmóvil, mirando el sobre y la tarjeta sobre su escritorio.

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