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Perfume Letal de la Esposa romance Capítulo 54

Coyoacán era otro mundo.

Lejos del concreto y el cristal de Santa Fe, lejos de la elegancia bohemia de la Roma. Aquí, las calles empedradas y las casonas coloniales de colores vibrantes hablaban de un tiempo más lento, de una historia más profunda.

La oficina de "Estructura Viva" no estaba en la plaza principal, sino en una calle lateral, en la planta baja de un edificio antiguo. No tenía un letrero llamativo, solo un nombre modestamente pintado en el cristal de la puerta.

Abril respiró hondo y entró.

El lugar era un caos organizado. Rollos de planos de arquitectura se apilaban en las esquinas, muestras de azulejos, maderas y telas cubrían cada superficie disponible. El aire olía a café fuerte y a aserrín.

Detrás de un escritorio abarrotado, un hombre levantó la vista.

Era Ramiro Vargas.

El cabello era completamente cano ahora, y las arrugas alrededor de sus ojos eran más profundas, grabadas por el estrés y la decepción. Llevaba una camisa arremangada y su mirada, al principio curiosa, se transformó al reconocerla.

Primero fue el shock. Luego, una hostilidad fría y afilada como el hielo.

Dejó la taza de café sobre la mesa con un golpe seco.

—Abril Lozano.

Su voz era rasposa, cargada de un resentimiento que había estado fermentando durante cinco largos años.

Se puso de pie lentamente, sus ojos nunca apartándose de ella.

—O debería decir, señora Ferrer.

El uso de su apellido de casada fue deliberado. Un recordatorio de a qué mundo pertenecía ella. El mundo que lo había destruido.

Abril se mantuvo firme bajo el peso de su mirada. No se inmutó.

—Señor Vargas.

—¿A qué has venido? —espetó él, su amargura desbordándose—. ¿La conciencia de tu esposo finalmente le dio una punzada después de cinco años? ¿O te envió a ver si ya me morí de hambre?

—No vengo a ofrecerle disculpas vacías en nombre de mi esposo. No vengo a ofrecerle dinero para limpiar una conciencia.

Hizo una pausa, dejando que la siguiente palabra aterrizara con todo su peso.

—Y no vengo a ofrecerle lástima.

Ramiro la miró, su hostilidad momentáneamente reemplazada por la confusión. ¿Qué quería esta mujer?

—Vengo a ofrecerle justicia.

Él la miró fijamente, el desdén luchando contra una diminuta, casi extinta, chispa de curiosidad.

—Justicia —repitió con una mueca—. Esa es una palabra muy cara, señora Ferrer. Y yo ya no puedo pagarla.

—Quizás no tenga que hacerlo usted —respondió ella.

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