El teléfono sonó en el taller de Abril mientras ella medía con una pipeta de cristal una gota de aceite de vetiver.
El sonido no la sobresaltó. Lo estaba esperando.
Dejó la pipeta en su soporte con un movimiento cuidadoso y se secó las manos en un paño de lino. El identificador de llamadas mostraba un número desconocido.
Contestó, su voz era una superficie lisa y tranquila.
—Diga.
Al otro lado de la línea, hubo una breve pausa, el sonido de una respiración profunda.
—¿Señora Lozano?
La voz era grave, contenida. La hostilidad de su primer encuentro había desaparecido, reemplazada por una formalidad tensa.
—Soy Ramiro Vargas.
Abril se recargó contra la mesa de trabajo, su mirada fija en el alambique de cobre que brillaba suavemente bajo la luz.
—Señor Vargas. Me alegra escuchar de usted.
—He considerado su propuesta —dijo él, yendo directo al grano. No había espacio para la charla trivial. Esto era un negocio. Una alianza—. Acepto reunirme con usted. Quiero escuchar lo que tiene que decir.
Un triunfo silencioso recorrió a Abril, pero su voz no lo delató.
—Excelente.
—Podemos vernos en mi oficina mañana por la mañana —sugirió él.
—No —respondió Abril al instante. Su negativa fue educada, pero absoluta—. No en su oficina. Y definitivamente, no aquí.
Tomó el control de la situación con una naturalidad que demostraba quién estaba al mando.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Perfume Letal de la Esposa