Simón condujo su Mercedes por las calles de la Roma con una furia fría y controlada.
Sus manos se apretaban sobre el volante de cuero, los nudillos blancos. La llamada con Valentina lo había dejado lívido, pero su ira, si era honesto consigo mismo, no era por ella. Era por él. Por su nombre. Por su apellido.
La columna de Ricardo Mendoza no solo había humillado a Valentina; lo había salpicado a él, pintándolo como un accesorio.
"El apellido de su novio", había escrito. Esa frase era una daga de hielo. Lo había reducido a un simple proveedor de fondos, al tonto adinerado que financiaba a una estafadora de segunda. Él, Simón Ferrer, cuyo nombre era sinónimo de poder y buen juicio, ahora era el hazmerreír de la élite.
Y la mención de ese "poema olfativo" de Dubái... Sabía, con una certeza que le revolvía el estómago como ácido, que se refería a Abril.
El mundo que él dominaba se había invertido por completo. La élite mexicana se reía de su amante y aclamaba a su esposa. La ironía era una bofetada pública, un golpe brutal a su ego. ¿Cómo había pasado esto? ¿Cuándo había perdido el control de la narrativa de su propia vida?
Llegó a la casona de "Aromas del Alma". El edificio en sí era una ofensa, un monumento a la independencia de ella. Se bajó del coche y cerró la puerta con un golpe seco que resonó en la calle tranquila.
Entró sin anunciarse, como si aún tuviera algún derecho sobre ella, sobre su espacio. El aroma del lugar lo golpeó de inmediato: una mezcla sutil de madera de cedro, flores secas y algo especiado y terroso. Era un aroma limpio, complejo y sereno. Un contraste insoportable con el caos que ardía dentro de él.
La recepcionista, una joven elegante sentada tras un minimalista mostrador de mármol, levantó la vista sorprendida. Su rostro reflejaba una profesionalidad pulcra que lo irritó aún más.
—Señor Ferrer... La señora Lozano está en una reunión, no estoy segura de que pueda...
—Sé dónde está —dijo él, cortándola con una frialdad que la hizo estremecerse.
Pasó junto a ella sin esperarla. Subió las escaleras de dos en dos, sus zapatos de diseñador resonando en la madera antigua. Se dirigió directamente a la oficina de Abril, la que solía ser la biblioteca de la casona.
Abrió la puerta sin tocar, un acto de agresión deliberado.



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