Mientras Simón la observaba desde la distancia, un hombre joven de porte elegante se acercó a Abril.
Era Mateo, el arquitecto. Llevaba una chaqueta de lino claro y una sonrisa fácil. Se detuvo frente a ella con un respeto casual que indicaba una familiaridad profesional.
Simón agudizó la vista, su cuerpo tensándose instintivamente.
Vio cómo Mateo le decía algo, y la expresión de Abril, hasta entonces de una calma serena, se iluminó con un interés genuino. El arquitecto sacó una tableta de su portafolio y se la mostró.
Abril se inclinó ligeramente para ver la pantalla, su sombrero de ala ancha creando una pequeña burbuja de intimidad a su alrededor. Mateo señaló algo en la pantalla, explicando con gestos animados.
Entonces, ocurrió.
Mateo hizo un comentario, y Abril echó la cabeza hacia atrás y se rio.
No fue una sonrisa educada. No fue una risita contenida. Fue una risa abierta, genuina y sonora. Una cascada de alegría pura que pareció brillar bajo el sol de la tarde. Una risa que Simón nunca, en cinco años de matrimonio, había escuchado dirigida hacia él.
El sonido, aunque inaudible desde su posición, lo golpeó en el pecho con la fuerza de un puñetazo.
Sintió un golpe de celos.



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