Impulsado por esa oleada de celos y posesividad, Simón se encontró moviéndose.
Dejó su copa de champán sobre una mesa con un golpe seco y comenzó a cruzar la terraza, abriéndose paso entre los grupos de invitados con una determinación que no pasó desapercibida.
Su objetivo era claro: el círculo de luz que rodeaba a Abril. Tenía que romperlo. Tenía que reafirmar su presencia, recordarles a todos, y sobre todo a ella, a quién pertenecía.
Llegó al grupo justo cuando Mateo guardaba su tableta. La risa todavía flotaba en el aire. Simón se interpuso entre ellos con una sonrisa forzada que no llegaba a sus ojos.
—Alberto —dijo, saludando primero al banquero con una inclinación de cabeza, antes de volverse hacia el arquitecto—. Mateo. No sabía que te interesaba el polo.
Su llegada fue una interrupción calculada. Una afirmación de territorio.
El efecto fue inmediato.
Abril se giró hacia él, y en el instante en que sus ojos se posaron en Simón, la luz de su rostro se apagó. La sonrisa genuina se desvaneció, reemplazada por una máscara de cortesía impecable, tan hermosa y tan fría como el mármol.
—Simón, qué sorpresa verte aquí —dijo ella.
Su tono fue la clave de todo. Era perfectamente educado, pero completamente desprovisto de calidez. Era el tono que usaría con un socio de negocios que se encuentra por casualidad en un evento, no con su esposo.
La puñalada fue sutil, pero profunda.
—Vine a saludar —respondió él, sintiendo las miradas del grupo sobre ellos—. ¿Interrumpo algo importante?


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