Simón llegó a la mansión Ferrer pasada la medianoche.
Las luces exteriores se encendieron automáticamente a su llegada, bañando la fachada minimalista en una luz blanca y fría que no ofrecía ninguna bienvenida.
Dentro, la casa estaba en un silencio absoluto. Un silencio tan profundo que parecía tener peso, presionando sus oídos. Se sentía enorme, desolada, como un mausoleo de mármol y cristal. Ya no era un hogar; era el escenario vacío de una vida que se le estaba escapando de las manos.
Dejó su portafolio en una consola, el sonido resonando en el vasto vestíbulo. Abril ya se había retirado a su habitación, en el ala opuesta de la casa. No había ninguna nota esperándolo. Ninguna cena tardía guardada en el horno. Nada.
Caminó por el pasillo que daba al jardín trasero. La luna llena iluminaba el césped con una luz plateada y fantasmal. Su mirada se desvió hacia el fondo de la propiedad, hacia la silueta oscura del invernadero.
Ahora estaba en desuso, un esqueleto de cristal y acero negro contra la noche.
Recordó, con una punzada inesperada, la primera vez que la había visto allí dentro, poco después de casarse. Él había regresado a casa temprano y la encontró rodeada de plantas, con las manos manchadas de tierra y una luz en los ojos que él nunca había entendido. En ese momento, le pareció un pasatiempo excéntrico, infantil. No le dio importancia.
Ahora, esa imagen lo perseguía. Ese era su mundo. Su santuario. Y él nunca había pedido entrar.
Subió a su estudio, el olor a whisky y cuero de la habitación ofreciéndole un consuelo familiar pero insuficiente. Se sirvió un vaso de licor, el líquido ámbar arremolinándose mientras lo hacía.


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