El restaurante era un templo del lujo en el corazón de Polanco.
Candelabros de cristal, manteles de lino almidonado y el murmullo discreto de la élite de la ciudad. Era el tipo de lugar que Valentina adoraba, un escenario perfecto para sus dramas.
Simón apenas notó el entorno. Sentía que se ahogaba en la atmósfera pretenciosa. removió el hielo en su vaso, el tintineo agudo era el único sonido que rompía la tensión entre ellos.
Estaba frustrado. Celoso. Desesperado por respuestas que no sabía cómo formular. Así que atacó.
—¿Qué le pasa a Abril? —preguntó, su voz más dura de lo que pretendía.
Valentina, que estaba examinando el menú como si fuera un texto sagrado, levantó la vista, sus ojos se abrieron con una falsa inocencia.
—¿A qué te refieres, mi amor?
—Sabes perfectamente a qué me refiero —insistió él, inclinándose sobre la mesa—. Su comportamiento. Su distancia. La vi en el polo. Estaba... diferente.
Valentina dejó el menú a un lado. Sintió el cambio en el aire. Sintió que estaba perdiendo terreno y recurrió a su táctica de siempre: la manipulación a través de la victimización.
Puso una mano sobre la de él, su toque era suave, pero sus uñas rojas parecían pequeñas garras.
—Te lo dije, Simón —susurró, su voz teñida de una preocupación ensayada—. Está resentida. Te lo advertí. Esta nueva "carrera" suya es solo una forma de castigarte. De humillarte.
Simón no apartó la mano, pero tampoco respondió a su caricia. Su mente estaba en otra parte, reviviendo la risa de Abril con el arquitecto.



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