Valentina sentía que el control se le escapaba de las manos como arena fina.
Simón estaba distante, irritable. Sus llamadas eran cortas, sus respuestas monosilábicas. La fisura que se había abierto entre ellos en su oficina se estaba convirtiendo en un abismo. Su intento de tomar las riendas de la gala había sido un error catastrófico.
Necesitaba una nueva táctica. Si la agresión y la "ayuda" proactiva no funcionaban, era hora de volver al manual clásico: el victimismo. Era su movimiento estrella, el que siempre había funcionado para derribar las defensas de Simón.
Se sentó en su sofá de terciopelo blanco, se sirvió una copa de vino y ensayó su actuación. Necesitaba el tono adecuado de fragilidad, una voz al borde de las lágrimas, pero sin llegar a ser histérica.
Cuando se sintió lista, marcó su número.
Él contestó al cuarto tono, su voz sonaba cansada y distraída.
—¿Qué pasa, Valentina?
—Simón... —empezó ella, inyectando un temblor deliberado en su voz—. Disculpa que te moleste. Sé que estás muy ocupado.
—Lo estoy —fue su respuesta seca.
Valentina ignoró la frialdad y continuó con su guion.
—Es solo que... me he sentido tan... no sé, excluida últimamente.
Hizo una pausa dramática, esperando que él la interrumpiera con palabras de consuelo. No lo hizo. El silencio al otro lado de la línea era pesado.
—Sé que la gala es increíblemente importante para ti, y estoy tan orgullosa de tu logro —continuó, su voz ahora un susurro quebradizo—. Pero siento que me estás alejando. Y no entiendo por qué. Solo quería ayudar. Quería que todo fuera perfecto para ti.



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