La reunión con Valentina había sido un desastre.
Terminó antes de lo previsto, con Simón saliendo del restaurante después de otra discusión circular y agotadora sobre la gala. Se sentía sofocado por su drama, por su necesidad constante de atención.
Condujo sin rumbo por las calles de la ciudad, el motor de su Mercedes era un rugido bajo en la noche. No quería ir a la mansión, a ese mausoleo silencioso que ya no sentía como su hogar. No quería ir a su propio apartamento, un espacio tan impersonal como la suite de un hotel.
Sus manos, actuando por una voluntad propia, guiaron el coche hacia el oeste, cruzando el Circuito Interior, adentrándose en el corazón bohemio de la ciudad. Se encontró en la colonia Roma.
Las calles arboladas estaban tranquilas a esta hora, bordeadas por las fachadas señoriales de las casonas porfirianas. Y entonces, la vio.
Al final de una calle tranquila, una esquina resplandecía con una luz cálida y acogedora. "Aromas del Alma".
Las luces de la boutique estaban encendidas.
Simón redujo la velocidad, la curiosidad y algo más oscuro tirando de él. Estacionó al otro lado de la calle, bajo la sombra de un jacarandá, y apagó el motor. Se quedó allí, en la oscuridad de su coche, un espectador anónimo.
A través de los grandes ventanales, que no estaban cubiertos por cortinas, podía ver el interior. El espacio era un santuario de buen gusto: paredes de ladrillo expuesto, estanterías de madera oscura, un exuberante patio interior visible al fondo.
Y en el centro de todo, estaba ella.
Su silueta se recortaba contra la luz. Llevaba unos pantalones anchos y una blusa sencilla, su cabello recogido en un moño desordenado. Estaba de pie, completamente quieta, sosteniendo un pequeño frasco de perfume contra una de las lámparas. Lo giraba lentamente, observando cómo la luz se refractaba a través del cristal y el líquido.


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