El escenario del Palacio de Bellas Artes estaba bañado en una luz dorada.
Simón Ferrer estaba en la cima del mundo. Sostenía el pesado y prestigioso galardón en sus manos, el metal frío era un ancla a la realidad de su triunfo. El aplauso de la élite de la arquitectura y la sociedad mexicana era una ola de sonido que lo envolvía, lo validaba, lo coronaba.
Acababa de dar el discurso de aceptación de su vida.
Habló con elocuencia sobre el futuro del urbanismo, sobre la responsabilidad del arquitecto de crear no solo edificios, sino comunidades. Su voz era fuerte, segura, la de un hombre en la plenitud de su poder.
Agradeció a su equipo, nombrando a sus socios principales. Agradeció a sus mentores, los gigantes sobre cuyos hombros se había erigido. En un movimiento que generó un murmullo de sorpresa, incluso agradeció a Ramiro Vargas "por las lecciones aprendidas en los momentos difíciles", un comentario ambiguo que sonaba magnánimo pero que era, en realidad, una forma de reescribir la historia a su favor.
Y entonces, llegó el momento final. El agradecimiento personal.
Sus ojos recorrieron la primera fila y se posaron en ella.
Abril estaba sentada allí, con su vestido azul noche, una isla de serenidad en un mar de rostros expectantes. Se veía exquisita. No deslumbrante de una manera obvia, sino con una elegancia profunda y segura que era mucho más intimidante.
Él había planeado este momento. Tenía las palabras preparadas: "Y por supuesto, a mi esposa, Abril, cuyo apoyo incondicional ha sido mi roca...". Era la frase estándar, la que se esperaba de él.
Pero al mirarla, al ver esa calma impenetrable en su rostro, la rabia y la humillación de las últimas horas se encendieron dentro de él. El coche. La llamada. Su independencia. Su indiferencia.


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